Devocionales

Cuan lejos está el oriente del occidente

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Tan lejos como el oriente del occidente, así quitó de mí Dios mis pecados.

Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. — Salmo 103:12 — RVR1960

Tan lejos como el oriente del occidente,
así quitó de mí Dios mis pecados.

Anoche no podía dormir. Cerraba los ojos y volvía la misma escena de siempre: aquella palabra dura que le dije a alguien que amo, hace años. La conversación ya está perdonada, lo sé. Y aun así, en la oscuridad, mi mente la reproducía como si tuviera que pagarla otra vez.

Esta mañana salí temprano a caminar. El cielo apenas se aclaraba por un lado y todavía guardaba estrellas por el otro. Me detuve en medio del camino, con el sol naciendo a mi espalda y la última penumbra huyendo hacia adelante. Y de pronto entendí algo que había leído mil veces sin sentirlo.

Dios no dijo que llevó mis pecados «muy lejos». Eso todavía sería una distancia que yo podría medir, un lugar al que, con esfuerzo, quizás podría regresar. Dijo algo distinto: los apartó cuanto está el oriente del occidente. Y esas dos direcciones nunca se encuentran. Puedo caminar hacia el este toda mi vida y jamás llegaré al oeste. No hay un punto donde uno se convierta en el otro. No hay camino de vuelta.

Me quedé quieto, mirando cómo la luz crecía y la sombra se iba. Mis pecados no están guardados en un cajón lejano que yo pueda abrir de noche para revisarlos. Están enviados en una dirección sin retorno. Dios no los archivó. Los soltó.

Y entonces me di cuenta de que el que sigue volviendo a esa vieja conversación no es Dios. Soy yo. Él ya la mandó hacia el occidente. Yo soy quien la persigue hacia el oriente, tratando de alcanzar algo que Él decidió no alcanzar jamás.

Qué descanso hay en dejar de medir la gracia. Cuando pienso que el perdón es grande pero finito, vivo calculando si alcanza. Pero cuando lo veo infinito, dejo de calcular y empiezo a respirar. No tengo que volver por lo que Él ya quitó.

Hoy, deja que esto aterrice en tu corazón. Tu culpa no está a la vuelta de la esquina. Está en una dirección que ni tú ni el acusador pueden recorrer de regreso. Dios ya la envió. Tú puedes quedarte aquí, en la luz, descansando.

Oración

Padre, gracias porque tu perdón no es una distancia que yo pueda medir ni un lugar al que pueda regresar. Gracias porque apartaste mis pecados cuanto está el oriente del occidente, en una dirección sin camino de vuelta. Confieso que muchas noches soy yo quien va a buscar lo que tú ya soltaste; reproduzco culpas que tú decidiste no recordar. Perdóname por dudar del tamaño de tu gracia. Ayúdame a dejar de calcular si tu amor alcanza, porque sé que es infinito. Cuando el acusador me muestre mi pasado, recuérdame que tú ya lo enviaste lejos, y que no hay ruta que me lleve de regreso a la condenación. Enséñame a vivir en la luz de tu mañana, descansando en lo que Cristo ya pagó por completo. Que hoy no persiga sombras que tú ya hiciste huir. Que camine libre, agradecido y en paz, sabiendo que soy tuyo y que estoy limpio. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué culpa vieja sigues persiguiendo, aunque Dios ya la haya enviado lejos?
  • ¿Estás midiendo el perdón de Dios como algo grande pero finito, o como algo infinito?
  • ¿Qué diferencia haría en tu descanso creer que no hay camino de regreso a tu pecado?
  • ¿Quién es realmente el que te recuerda tu pasado: Dios, o tú mismo, o el acusador?
  • ¿Cómo sería vivir hoy en la luz, sin volver a revisar lo que Dios ya soltó?
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