Devocionales

Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo

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Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo. — Isaías 43:2

Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. — Isaías 43:2 — RVR1960

Cuando pases por las aguas,
yo estaré contigo. — Isaías 43:2

Esa semana había hecho todo lo que sabía hacer. Había orado. Había perdonado. Había esperado con paciencia y hasta con una sonrisa que ya me costaba sostener. Y aun así la tormenta seguía. El diagnóstico no cambiaba, la deuda seguía ahí, la relación seguía tensa. Recuerdo que me senté junto a la ventana de la cocina mientras afuera caía una lluvia terca, de esas que no traen viento pero no paran, y sentí que Dios no me había escuchado.

«¿Para qué oré, si nada se calmó?», pensé. Y en ese silencio incómodo, sin trueno ni voz del cielo, algo dentro de mí se aquietó. Entendí que había estado pidiendo que Dios apagara la lluvia, cuando lo que Él me ofrecía era mucho mejor: quedarse conmigo dentro de ella.

Leí Isaías 43:2 despacio, como si nunca lo hubiera leído. No dice «te sacaré rápido del agua». Dice: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo». Dios no me prometió una vida sin tormentas. Me prometió su compañía en medio de ellas. Y de pronto la lluvia en la ventana dejó de ser mi enemiga. Seguía cayendo, sí, pero yo ya no estaba sola frente a ella.

Hay una clase de descanso que no depende de que todo se resuelva. Es el descanso de saber que Aquel que sostiene el mar está sentado a mi lado en la barca. No siempre calma las olas de inmediato; a veces me calma a mí primero. Y esa paz, la que llega antes de que cambien las circunstancias, es la prueba más tierna de que Él está cerca.

Esa tarde no cesó la lluvia. Pero cesó mi lucha por controlarla. Cerré los ojos y por primera vez en semanas respiré hondo. No porque el problema hubiera desaparecido, sino porque descubrí que nunca había estado enfrentándolo sola. Dios estaba ahí, callado y firme, más presente que la tormenta misma.

Si hoy estás en aguas que no bajan, no midas el amor de Dios por la calma que ves afuera. Mídelo por la paz que Él pone adentro. Él no promete quitarte el río; promete cruzarlo contigo.

Oración

Padre, gracias porque no me prometiste una vida sin tormentas, sino tu presencia dentro de ellas. Perdóname por medir tu amor según lo rápido que cambian mis problemas. Muchas veces te he pedido que apagues la lluvia, cuando lo que más necesito es saber que Tú estás conmigo bajo ella. Hoy dejo de luchar por controlar lo que no puedo. Descanso en que Tú sostienes el mar y a la vez me sostienes a mí. Cuando el agua me llegue al pecho y sienta que me hundo, recuérdame que Tú vas cruzando conmigo, paso a paso, sin soltarme. Dame esa paz que llega antes de que cambien las circunstancias, la que solo nace de saberte cerca. Calma mi corazón, aunque las olas sigan. Y enséñame a encontrar mi reposo no en la ausencia de problemas, sino en la certeza de tu compañía. Gracias porque nunca he estado sola, aunque me lo haya sentido. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué tormenta estoy atravesando que no ha cesado a pesar de que oré?
  • ¿He estado pidiéndole a Dios que cambie mis circunstancias más que su compañía en ellas?
  • ¿Cómo cambiaría mi día si creyera de verdad que Dios cruza el río conmigo?
  • ¿Dónde he sentido paz interior aun cuando lo de afuera seguía difícil?
  • ¿Qué significa para mí descansar en la presencia de Dios y no en la solución del problema?
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