Danzaré en la presencia del Señor
Alaben su nombre con danza; con pandero y arpa a él canten. — Salmo 149:3 — RVR1960

Hace unos meses, mi sobrina Elena, que tiene cinco años, vino a pasar la tarde a casa. Mientras yo lavaba los platos, puse música en el teléfono, de esas canciones alegres que uno tararea sin pensar. No pasaron ni dos minutos cuando escuché sus pasitos en la cocina. Me di la vuelta y allí estaba: girando, con los brazos abiertos, la cabeza echada hacia atrás, riéndose sola. No le importaba si alguien la miraba. No le importaba si lo hacía bien. Simplemente estaba feliz, y esa felicidad se le había ido del corazón a los pies.
Me quedé con las manos mojadas, mirándola. Y sentí algo parecido a la envidia, aunque suave. ¿Cuándo dejé yo de bailar así? En algún punto de mi vida aprendí a contenerme, a preguntarme qué pensarían los demás, a adorar a Dios con las manos quietas y la sonrisa medida. Aprendí a tener vergüenza de mi propia alegría.
Elena me tendió la mano. «Baila conmigo, tía.» Dudé un segundo, ese segundo que tantas veces me ha robado el gozo. Luego dejé el trapo sobre la mesa y le di la mano. Bailamos torpemente, las dos, en medio de la cocina, y por un momento no me importó nada más.
Pensé en David, que danzó delante del arca con todas sus fuerzas, sin importarle que lo criticaran. Pensé en María, la hermana de Moisés, tomando su pandero después de cruzar el mar, guiando a las mujeres en un baile de pura gratitud. La Biblia no esconde estas escenas; las celebra. El Salmo dice: «Alaben su nombre con danza.»
Dios no me pide una adoración perfecta ni contenida. Me pide un corazón que se alegra en Él, un corazón dispuesto a que el gozo se le note. Esa tarde entendí que la vergüenza que a veces siento no viene de Él. Viene de mí, de mirar demasiado a los lados en vez de mirar hacia arriba.
Desde entonces, cuando nadie me ve —y a veces cuando sí—, me permito celebrar. Porque el que me creó se deleita en mi alegría, y hay una libertad enorme en volverse otra vez como un niño delante de su Padre.
Oración
Padre, gracias por el gozo que pusiste en mí y que a veces escondo por miedo a lo que piensen los demás. Perdóname las veces que he contenido mi alabanza, que he adorado con las manos quietas cuando mi corazón quería cantar y danzar. Enséñame a mirarte a Ti antes que mirar a los lados. Quiero volver a ser como un niño delante de tu presencia, libre, sin vergüenza de mi propia alegría. Recuérdame que Tú te deleitas en mí, que mi gozo no te incomoda sino que te agrada. Cuando el mundo me pese, dame la valentía de David que danzó ante el arca, y el corazón agradecido de María que tomó su pandero después de ver tu mano salvadora. Que mi vida entera sea una danza de adoración, del corazón a los pies. Lléname de tu presencia, y que en esa presencia encuentre siempre razón para celebrar. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué momentos he contenido mi alegría por miedo a lo que piensen los demás?
- ¿Cómo sería adorar a Dios sin vergüenza, como un niño que baila sin preocuparse por nada?
- ¿Qué me impide vivir mi fe con más libertad y gozo?
- Recuerda una vez en que sentiste alegría verdadera en la presencia de Dios. ¿Qué la provocó?
- ¿De qué manera puedo dejar que el gozo pase ‘del corazón a los pies’ esta semana?



