Dios cumplirá, porque Él es fiel
Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. — Santiago 1:6 — RVR1960

Hace unos meses acompañé a mi hermana en la sala de espera de un hospital. Su hija de siete años esperaba una cirugía sencilla, pero ninguna cirugía se siente sencilla cuando es tu hija la que entra al quirófano. Mientras las horas pasaban, mi hermana repetía en voz baja: «Dios puede sanarla, si Él quiere». Y yo asentía, porque parecía la frase más segura. Nadie discute que Dios puede.
Pero esa tarde entendí algo que me acompaña hasta hoy. Mi sobrina, antes de que se la llevaran, me tomó la mano y me dijo con una calma que a mí me faltaba: «Tío, Jesús me va a cuidar». No dijo «puede cuidarme». Dijo «va a cuidarme». Y sonrió, como quien apoya todo su peso sobre algo que no se va a mover.
Me quedé pensando en la distancia enorme que hay entre esas dos palabras. «Puede» reconoce el poder de Dios desde lejos, con cautela, dejándole una salida a mi corazón por si acaso. «Va a» se atreve a apoyarse, a esperar, a poner la vida entera sobre el carácter de Dios. Una es teología correcta. La otra es confianza real.
Santiago escribió que el que duda es como la ola del mar, llevada de un lado a otro por el viento. Yo había vivido tanto tiempo en ese vaivén, cuidándome de esperar demasiado para no quedar mal parado. Pero Dios no es una máquina expendedora donde meto oraciones y ojalá salga lo que pido. Dios es un Padre, y esperar de Él no es arriesgar, es descansar en quien nunca falla a su palabra.
La cirugía salió bien. Pero lo que más recuerdo no es el resultado, sino el gesto de una niña que se atrevió a creer sin poner condiciones. Ella no sabía si todo saldría como esperaba; sabía en quién estaba confiando.
Esa noche oré distinto. Dejé de decir «Señor, sé que puedes» y empecé a decir «Señor, confío en que serás fiel, pase lo que pase». No porque yo controle el desenlace, sino porque conozco tu corazón. Y ese pequeño cambio de palabras cambió algo grande dentro de mí.
Oración
Padre fiel, tantas veces me he quedado en la orilla, reconociendo tu poder desde lejos, cuidándome de no esperar demasiado. Perdona mi corazón dividido, ese que dice «puedes» para no arriesgarse a decir «lo harás». Hoy quiero apoyar todo mi peso sobre ti. No sobre lo que yo imagino, sino sobre quien tú eres. Enséñame a creer sin dudar, no como quien exige un resultado, sino como quien descansa en un Padre bueno. Tú no eres una máquina de deseos; eres el Dios que guarda su palabra por miles de generaciones. Ayúdame a esperar con confianza serena, a levantar el corazón hacia ti aun cuando no vea el camino, sabiendo que tu fidelidad no depende de mis fuerzas. Que mi fe deje de ser una afirmación cuidadosa y se vuelva una entrega verdadera. Y cuando el viento quiera llevarme de un lado a otro, sostenme firme en tu carácter. Gracias porque puedo confiar en que serás fiel, hoy y siempre. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida he estado diciendo «Dios puede» para evitar atreverme a esperar que «Dios lo hará»?
- ¿Qué me impide apoyar todo mi peso sobre el carácter de Dios y no solo sobre los resultados que espero?
- ¿Cómo sería mi oración si dejara de poner condiciones y confiara en su fidelidad pase lo que pase?
- ¿Recuerdo un momento en que Dios fue fiel aunque el resultado no fue el que yo pedí?
- ¿Qué promesa de Dios necesito creer hoy sin dudar, como quien descansa y no como quien exige?



