Devocionales

Dios enjugará toda lágrima

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Dios enjugará toda lágrima de tus ojos. Él se acerca a tu dolor.

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. — Apocalipsis 21:4 — RVR1960

Dios enjugará toda lágrima de tus ojos. Él se acerca a tu dolor.

Mi sobrina de dos años estaba aprendiendo a caminar, y aprender a caminar es, en realidad, aprender a caerse. Daba tres pasos temblorosos, sonreía como si hubiera conquistado el mundo, y al cuarto paso el suelo la recibía otra vez. Cada caída venía con lágrimas. No eran grandes tragedias, pero para ella lo eran.

Lo que me quedó grabado no fue el llanto, sino lo que lo calmaba. Yo podía decirle desde el sofá, con la voz más dulce que tuviera: «No pasa nada, mi amor, levántate». Y ella seguía llorando. Las palabras a distancia no le llegaban. Pero en el momento en que me bajaba al suelo, me ponía a su altura, la miraba a los ojos y estiraba la mano, el llanto empezaba a ceder. No porque el golpe hubiera desaparecido. Sino porque alguien había venido hasta donde ella estaba.

He pensado mucho en eso desde que la vida me puso frente a un dolor que no tiene arreglo rápido. Hubo una pérdida en mi familia, y por meses busqué que Dios me explicara, que me diera la solución, que me levantara con una orden desde arriba. Quería que me arreglara el problema. Y lo que descubrí es que Dios no suele gritarnos instrucciones desde lejos. Dios se baja.

Se pone a nuestra altura. Se acerca al que llora en la noche, al que no encuentra palabras, al que solo puede sentarse en el suelo del corazón. El consuelo, muchas veces, no es que el dolor se evapore. Es que Alguien viene hasta nosotros y no se va.

Y hay una promesa que sostengo como una lámpara pequeña en la mano: llegará un día en que ese acercarse será definitivo. Apocalipsis 21:4 dice que Dios «enjugará toda lágrima». Enjugar es un gesto de cercanía. Uno no seca las lágrimas de alguien desde el otro lado del cuarto. Uno se acerca, levanta la mano y toca el rostro.

Así es mi Dios en el duelo. Se acerca hoy con su presencia, y prometió que un día vendrá del todo, y con sus propias manos borrará cada lágrima que hemos derramado. No las ignora. Las conoce una por una, y las enjugará.

Oración

Padre, gracias porque no me hablas desde lejos. Gracias porque cuando lloro no me gritas instrucciones desde arriba, sino que te bajas hasta donde estoy y te pones a mi altura. Yo muchas veces te he pedido que arregles el problema, que quites el dolor de una vez, y Tú me has ofrecido algo más profundo: tu presencia que no se va. Enséñame a recibirte así, no solo como el que soluciona, sino como el que se acerca. Cuando el duelo me deje sin palabras, recuérdame que Tú estás en el suelo del corazón conmigo. Y sostén en mí la esperanza de esa promesa: que llegará el día en que con tus propias manos enjugarás cada lágrima, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor. Ayúdame a esperar ese día sin dejar de sentir tu cercanía hoy. Consuélame con tu presencia. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué dolor he estado esperando que Dios me dé una solución rápida en lugar de recibir su cercanía?
  • ¿Cómo sería para mí dejar que Dios se ponga a mi altura, en lugar de exigirle que me hable desde lejos?
  • ¿Qué lágrimas conozco de memoria que necesito confiarle a Dios hoy?
  • ¿Qué cambia en mi corazón cuando pienso que Dios enjugará cada lágrima con sus propias manos?
  • ¿A quién puedo yo acercarme hoy, poniéndome a su altura en su dolor?
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