Devocionales

Dios es la fuerza de mi corazón

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Aunque todo lo demás falle, Dios es la fuerza de mi corazón y mi herencia para siempre.

Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. — Salmo 73:26 — RVR1960

Aunque todo lo demás falle, Dios es la fuerza de mi corazón y mi herencia para siempre.

Durante años me presenté al mundo con una palabra: «maestra». La usaba como quien usa un abrigo conocido. Me quedaba bien. Sabía quién era cuando entraba al salón, cuando escuchaba a un niño leer por primera vez, cuando alguien decía mi nombre en el pasillo. Y entonces la vida cambió, sin pedir permiso, y me encontré sin salón, sin pasillo, sin ese nombre que me sostenía. No sabía quién era en el silencio de mi propia casa.

Quiero ser honesta contigo, porque creo que Dios prefiere la honestidad al discurso perfecto. Todavía me duele. No pienso que Dios haya cerrado esa puerta para enseñarme una lección bonita. El dolor no es una tarea escolar. Pero sí he descubierto algo en medio de él: la identidad que construí sobre lo que yo podía hacer era frágil, hecha de vidrio. Bastó un golpe para verla quebrarse.

Soltar no me salió de una vez. No hubo un momento limpio en que abrí las manos y quedé en paz para siempre. Fue, y sigue siendo, algo que repito. Cada mañana vuelvo a abrir los dedos que durante la noche se cerraron otra vez, aferrados a lo que perdí. Es un gesto imperfecto, torpe, a veces con lágrimas. Pero he aprendido que no suelto hacia el vacío.

Cuando abro las manos, no dejo caer lo que amé en la nada. Lo entrego hacia Alguien. El cielo al que lo suelto no está vacío: está lleno de un Dios que me sostiene. Mi carne y mi corazón desfallecen, sí, es verdad, lo he sentido. Pero hay una frase antigua que se volvió mi piso firme: «la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre».

Mi valor nunca estuvo en lo que yo hacía. Estuvo, y está, en ser suya. Eso no me lo puede quitar ningún cambio, ninguna pérdida, ninguna puerta cerrada. Cuando todo lo que yo sabía de mí se soltó de mis manos, Él seguía ahí, siendo mi fuerza. Y hoy, aunque tiemble, vuelvo a abrir las manos, porque sé en quién caigo.

Oración

Padre, hoy vengo con las manos todavía cerradas. Tú ves lo que aprieto, lo que me cuesta soltar, lo que sentía que me daba nombre. Sabes que no siempre lo suelto con calma; a veces lloro mientras abro los dedos. Gracias porque no me pides un gesto perfecto, sino uno sincero. Gracias porque cuando suelto, no caigo en el vacío, sino en tus manos. Enséñame que mi valor nunca estuvo en lo que yo lograba, sino en ser tuyo. Cuando mi carne y mi corazón desfallecen, sé Tú la roca de mi corazón. Recuérdame, sobre todo en las mañanas difíciles, que Tú eres mi porción para siempre y que eso no me lo quita nadie. Dame la valentía de volver a abrir las manos cada día, confiando en que Tú sostienes lo que yo entrego. No quiero aferrarme a lo frágil. Quiero descansar en lo que permanece: en Ti. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Con qué palabra o rol me presento al mundo, y qué pasaría en mí si lo perdiera?
  • ¿Qué estoy apretando hoy con los dedos cerrados que Dios me invita a soltar?
  • ¿Creo de verdad que suelto hacia las manos de Dios y no hacia el vacío? ¿Por qué sí o por qué no?
  • ¿Qué parte de mi identidad está construida sobre lo que hago, y qué parte sobre ser de Dios?
  • ¿Cómo sería para mí volver a abrir las manos mañana, aunque hoy no me salga perfecto?
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