Dios escucha mi voz cada vez que le hablo
Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz. — Salmo 55:17 — RVR1960

Hubo una época en que yo pensaba que orar era como pedir la palabra en una reunión importante. Me sentaba, me aclaraba la garganta por dentro y buscaba las palabras correctas, las más bonitas, las que sonaran dignas de ser escuchadas. Si me equivocaba, empezaba de nuevo. Si me distraía, sentía que había desperdiciado el turno. Terminaba más cansada que consolada.
Una tarde, agotada de tanto cuidar mis frases, dejé caer todo. Le dije a Dios lo que de verdad tenía en el pecho: el miedo, el cansancio, hasta el enojo que no me atrevía a nombrar. No fue una oración elegante. Fue más bien un desahogo. Y en lugar de sentir que había hecho algo mal, sentí alivio. Como cuando por fin descuelgas el teléfono y del otro lado alguien contesta y dice: «Aquí estoy, cuéntame».
David oró así. En el Salmo 55 no está posando ni fingiendo. Está sobrecargado, traicionado, con ganas de salir volando lejos de todo. Y aun así escribe: «Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz». No dice «y quizás me escuche si lo hago bien». Dice: él oirá. Es una certeza, no una esperanza tímida.
Eso cambió mi manera de acercarme. Descubrí que Dios no está esperando un discurso pulido; está esperando a la persona real, con todo su desorden. Puedo hablarle mientras lavo los platos, mientras camino, mientras no puedo dormir. Puedo quejarme, puedo celebrar, puedo quedarme en silencio y saber que igual me entiende.
Y escuchar, en Dios, no es pasividad. Él responde. A veces con un versículo que llega justo a tiempo. A veces con una persona que me dice lo que necesitaba oír. A veces con una paz que no me explico. A veces con un silencio que, sin palabras, me enseña a esperar.
Hoy sé que no tengo que ganarme su atención. Ya la tengo. La línea siempre está abierta, del lado de allá siempre hay Alguien atento, y ninguna oración mía cae en el vacío. Puedo hablarle tal como soy, tarde, mañana y a mediodía, porque él oye mi voz.
Oración
Padre, gracias porque me escuchas aun cuando no encuentro las palabras. Perdóname por las veces en que convertí la oración en un examen, buscando frases perfectas en lugar de acercarme como soy. Hoy vengo con todo lo que traigo: mis miedos, mis cansancios, mis alegrías y hasta las cosas que no me atrevo a nombrar. Sé que del otro lado estás Tú, atento, sin apuro, sin juzgar mi manera de hablar. Enséñame a buscarte tarde, mañana y a mediodía, no por obligación, sino porque me encanta saber que me oyes. Y ayúdame también a reconocer tu respuesta: en tu Palabra, en las personas que pones cerca, en la paz que llega sin explicación y hasta en tus silencios que me enseñan a confiar. Que nunca olvide que la línea contigo siempre está abierta. Gracias porque no tengo que ganarme tu atención; ya soy tuyo, y tú ya me escuchas. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué momentos siento que mi oración tiene que ser «perfecta» para que Dios la escuche?
- ¿Qué es eso que no me he atrevido a decirle a Dios, aunque él ya lo conoce?
- ¿De qué maneras he visto que Dios me responde: por su Palabra, por personas, por paz o por silencio?
- Si hablara con Dios tan honestamente como con mi mejor amigo, ¿qué le diría hoy?
- ¿Qué cambiaría en mi día si recordara que la línea con Dios siempre está abierta?



