Devocionales

Dios está a mi favor

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Dios está a mi favor; no tengo por qué temer.

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? — Romanos 8:31 — RVR1960

Dios está a mi favor;
no tengo por qué temer.

Una tarde estaba ayudando a mi vecina a mudar unas cajas, y su hija mayor, de unos seis años, se ofreció a cargar la más pesada. La levantó apenas unos centímetros y volvió a dejarla en el suelo, roja del esfuerzo. Entonces la mamá se puso detrás de ella, le rodeó las manos con las suyas y le dijo: «Ahora sí, empújala tú, yo estoy contigo». La niña volvió a empujar, y la caja se deslizó por el pasillo como si pesara la mitad. Ella se giró feliz, convencida de que lo había logrado sola. Y en cierto modo así fue: fue su fuerza, pero sostenida por una fuerza más grande.

Me quedé pensando en esa imagen mucho después de que terminamos. Porque yo he vivido temporadas en las que la caja parecía imposible: una cuenta que no cerraba, una conversación que temía, un diagnóstico que no quería escuchar. En esos días miraba el peso frente a mí y calculaba mis propias manos, mis pocos recursos, mi cansancio. Y la conclusión siempre era la misma: no puedo.

Pero Pablo, cuando escribe Romanos 8, no dice que las cajas dejarán de existir. Poco después menciona la tribulación, la angustia, el peligro, la espada. La lista es larga y honesta. Lo que él afirma no es que no vendrán problemas, sino algo mucho más sólido: mientras esas cosas vienen contra nosotros, hay Alguien que está de nuestro lado. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?».

Ese «por nosotros» no es un ánimo vago. Es Dios poniendo sus manos sobre las mías, empujando conmigo. No me quita el peso para que yo mire desde lejos; me acompaña dentro del esfuerzo. Y por eso el valor que él me da no nace de que el problema sea pequeño, sino de que él es grande y está cerca.

Hoy quizás tú también estás midiendo una caja demasiado pesada. Antes de calcular tus fuerzas, recuerda quién está detrás de ti. No estás empujando sola. Dios está a tu favor, y eso cambia por completo la cuenta.

Oración

Padre, gracias porque estás a mi favor. No lejano, no distraído, sino cerca, con tus manos sobre las mías en aquello que hoy me pesa. Confieso que muchas veces mido solo mis propias fuerzas y me rindo antes de empezar. Perdóname por olvidar que tú estás conmigo dentro del esfuerzo, no observando desde afuera. Ayúdame a creer que si tú eres por mí, ninguna dificultad tiene la última palabra. No te pido que quites toda carga, sino que me des el valor de empujar contigo. Cuando la tribulación venga, recuérdame que ya decidiste estar de mi lado. Cuando el miedo me susurre que no puedo, que tu presencia me susurre más fuerte que no estoy sola. Sé tú mi fuerza cuando la mía se acabe, y mi calma cuando todo tiemble. Enséñame a apoyarme en ti sin vergüenza, como una hija que sabe que su Padre nunca se ha ido. Gracias porque tu favor no depende de lo que yo sienta, sino de lo que tú eres. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Cuál es la «caja pesada» que hoy estoy tratando de mover sola?
  • ¿En qué momentos calculo solo mis fuerzas y olvido que Dios está a mi favor?
  • ¿Qué cambiaría en mi manera de enfrentar este problema si de verdad creyera que Dios empuja conmigo?
  • ¿Hay una dificultad reciente donde, mirando atrás, puedo ver que no estuve solo?
  • ¿Qué palabra le diría hoy a Dios sabiendo que él ya decidió estar de mi lado?

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