Devocionales

Dios guarda el corazón que le entrego

3 min de lectura
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. — Mateo 5:8 — RVR1960

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Mi hija tiene siete años y una manera de mirar el mundo que a veces me da miedo. Saluda a los desconocidos con la mano abierta. Llora si a alguien le pisan el pie. Habla de Dios en voz alta en la fila del supermercado, como si fuera lo más natural del mundo decir su nombre entre la gente.

Una noche, después de arroparla, me quedé sentada en el pasillo pensando en todo lo que le espera. El mundo no es tierno. Va a encontrarse con gente cruel, con palabras que hieren, con desilusiones que yo no podré quitarle. Y me asustaba una idea: que ese corazón tan limpio se le fuera ensuciando, que la vida le apagara la luz que hoy tiene.

Abrí la Biblia buscando consuelo y me detuve en las palabras de Jesús: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.» Y por primera vez entendí que no estaba leyendo una advertencia, sino una promesa.

Siempre había pensado que la pureza de corazón era una inocencia frágil, algo que se rompe al primer golpe. Pero esa noche comprendí otra cosa. Un corazón limpio no es un corazón que nunca ha sufrido. Es un corazón que sigue vuelto hacia Dios en medio del sufrimiento. No es una copa de cristal que se quiebra; es una brújula que insiste en apuntar al norte.

Y entonces vino el alivio. Porque esa clase de limpieza no depende de que yo proteja a mi hija de todo dolor. Depende de Dios, que la guarda y la restaura. Yo no puedo blindar su corazón contra el mundo. Pero puedo entregárselo a Aquel que lo hizo y sabe mantenerlo claro.

Esa noche dejé de tratar de ser la muralla. Puse a mi hija en las manos que la sostienen mejor que las mías. «Señor», oré, «tú viste su corazón antes que yo. Guárdalo limpio, no de las heridas, sino en las heridas.»

A la mañana siguiente la vi mirar por la ventana la luz que entraba entre las nubes, con esa cara abierta de siempre. Ya no sentí miedo. Sentí que la estaba viendo verlo a Él.

Oración

Padre, tú conoces el corazón de mis seres amados mejor que yo, porque tú los formaste. Perdóname por creer que el peso de guardarlos descansa solo sobre mis hombros. He querido ser la muralla que los proteja de todo dolor, y me he agotado en un trabajo que solo tú puedes hacer.

Hoy te entrego a los que amo. No te pido que les evites toda herida, porque sé que el mundo es duro y que tú no siempre quitas el valle, sino que caminas en él con nosotros. Te pido algo más profundo: guarda sus corazones limpios y vueltos hacia ti. Que en medio de la crueldad no se endurezcan, que en medio de la desilusión no dejen de mirarte.

Gracias porque un corazón limpio no es el que nunca ha sufrido, sino el que sigue apuntando a ti. Gracias porque tú restauras lo que el mundo intenta manchar. Enséñame a confiar, a soltar, a descansar en que tú los ves y tú los sostienes. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿A quién estás tratando de proteger con tus propias fuerzas, cargando un peso que le corresponde a Dios?
  • ¿Qué diferencia hay entre una inocencia frágil y un corazón que sigue vuelto hacia Dios en medio del dolor?
  • ¿En qué área de tu vida sientes que el mundo ha intentado apagar tu claridad hacia Dios?
  • Escribe una oración entregándole a Dios a una persona amada, no pidiendo que evite su dolor, sino que guarde su corazón.
  • ¿Qué significaría para ti hoy dejar de ser la muralla y confiar en las manos que sostienen mejor que las tuyas?
Compartir artículo:
https://renuevo.com/dios-guarda-el-corazon-que-le-entrego.html

Ahora queremos leerte