Devocionales

Dios hace todo hermoso en su tiempo

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Dios hace todo hermoso en su tiempo. La espera también está en sus manos.

Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. — Eclesiastés 3:11 — RVR1960

Dios hace todo hermoso en su tiempo.
La espera también está en sus manos.

Sembré unas semillas de girasol con mi hija en una maceta junto a la ventana. Ella regó la tierra con cuidado y luego se quedó mirando, esperando. Al día siguiente volvió corriendo: «¿Ya crecieron?». No había nada, solo tierra húmeda. Al tercer día, lo mismo. Al quinto, se cruzó de brazos y me dijo casi enojada: «Creo que no van a salir nunca».

La entiendo más de lo que ella imagina. Yo también tengo cosas plantadas en el corazón que no terminan de brotar. Oraciones que llevo años repitiendo. Puertas que sigo tocando sin respuesta. Y a veces, como mi hija, me cruzo de brazos y pienso que ya nada va a cambiar.

El tiempo intermedio duele. Ese espacio entre el «ya lo pedí» y el «todavía no llega» es incómodo. Uno quiere adelantar el reloj, arrancar la tierra para ver si algo se mueve allá abajo. Pero la semilla no se apura por mi ansiedad. Trabaja en lo escondido, en un ritmo que no controlo.

Una mañana, casi sin avisar, apareció un tallito verde asomando entre la tierra. Mi hija gritó de alegría. No lo había visto crecer, pero había estado creciendo todo el tiempo, en silencio, mientras ella dudaba.

Así trabaja Dios conmigo. Sus demoras no son olvido. Mientras yo espero impaciente, Él está preparando algo por debajo de la superficie, haciendo raíces que después van a sostener el fruto. Lo que a mí me parece tiempo perdido, para Él es tiempo de formación.

«Todo lo hizo hermoso en su tiempo», dice Eclesiastés. No dice «rápido». Dice «hermoso» y dice «en su tiempo». Hay una belleza que solo madura con paciencia, y un tiempo que no es el mío sino el suyo, y que siempre resulta ser el correcto.

Hoy quiero volver a confiar. No entiendo por qué algunas cosas tardan tanto, pero creo que el que cuida la semilla también cuida mi espera. Un día veré el tallo verde, y entenderé que nada del tiempo que me pareció vacío estuvo realmente vacío. Dios estaba obrando, aunque yo no lo viera.

Oración

Padre, tú sabes cuánto me cuesta esperar. Quiero las respuestas ahora, y cuando tardan me lleno de dudas y me pregunto si me has olvidado. Perdóname por confundir tu silencio con tu ausencia. Ayúdame a creer que en el tiempo intermedio tú no estás quieto, sino trabajando en lo escondido, preparando lo que yo todavía no puedo ver. Dame la paz de saber que tú haces todo hermoso en su tiempo, y que tu tiempo siempre es mejor que el mío. Cuando me crucen los brazos de la impaciencia, recuérdame la semilla que crece en silencio bajo la tierra. Enséñame a descansar en tu ritmo, a confiar en tu cuidado, a esperar sin desesperar. Sé que lo que estás formando en mí durante la espera es parte del fruto que después me darás. Sostén mi fe mientras aguardo. Y cuando llegue el momento, ayúdame a mirar atrás y reconocer que ni un solo día estuvo perdido. Gracias porque tu paciencia conmigo es más grande que mi impaciencia contigo. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué es lo que más me cuesta esperar en este momento de mi vida?
  • ¿En qué áreas confundo el silencio de Dios con su ausencia?
  • ¿Puedo recordar una espera pasada que, al final, resultó ser para bien?
  • ¿Qué podría estar formando Dios en mí durante este tiempo intermedio?
  • ¿Cómo sería descansar en el ritmo de Dios en lugar de adelantar el mío?
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