Dios me da su fuerza para estar firme
Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. — Efesios 6:11 — RVR1960

Mi vecino de ocho años aprendió a andar en bicicleta este verano. Lo que más me llamó la atención no fue cómo pedaleaba, sino algo que hacía antes de subirse: apretaba los pies contra el suelo, se acomodaba en el sillín y respiraba hondo. «Me estoy plantando», me explicó una tarde, muy serio. «Si no me planto, me caigo al primer bache.» Y era cierto. Las veces que salía corriendo sin ese pequeño ritual, terminaba en el pasto con las rodillas raspadas. Pero cuando se plantaba primero, aguantaba los baches, las piedritas, hasta el empujón travieso de su hermano.
Me quedé pensando en eso mucho rato. Yo casi nunca me planto. Salgo al día como quien se sube corriendo a la bicicleta, sin firmeza, y entonces cualquier bache me tumba: un comentario hiriente, una noticia difícil, un miedo que llega de madrugada. Pablo escribe algo que va justo a esta debilidad mía. «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes.» No dice para que podáis pelear como héroes, ni para que ganéis solos. Dice estar firmes. La meta es no caerse.
Y lo hermoso es que la firmeza no la fabrico yo. Es fuerza prestada, fuerza de Dios. El cinturón de la verdad me sostiene cuando la mentira me quiere marear. La coraza de justicia me cubre el pecho cuando la culpa apunta al corazón. El calzado de la paz me da pisada firme en terreno resbaladizo. El escudo de la fe apaga las dudas que llegan como chispas. El yelmo me protege la cabeza cuando quiero olvidar de quién soy. Y la espada del Espíritu me da qué decir cuando me quedo sin palabras.
El enemigo casi nunca llega con estruendo. Llega en lo pequeño, en lo cotidiano, en el pensamiento que parece inofensivo. Por eso Dios no me deja salir descubierto. Me viste antes, me afirma antes, me da su fuerza antes de que aparezca el bache. Hoy quiero aprender del niño de la bicicleta. Antes de salir corriendo al día, me planto. Respiro hondo. Recuerdo que ya estoy cubierto, ya estoy firme, ya soy fuerte, no por mí, sino por Aquel que me sostiene los pies.
Oración
Señor, hoy no quiero salir corriendo al día sin ti. Enséñame a plantarme primero en tu presencia, a dejar que tu fuerza me sostenga los pies antes de que llegue cualquier bache. Reconozco que sola no aguanto: un comentario me tumba, un miedo me derriba, una mentira me marea. Pero tú me ofreces tu armadura completa, no para pelear sola, sino para estar firme en ti. Ciñe mi cintura con tu verdad cuando el engaño quiera confundirme. Cubre mi pecho con tu justicia cuando la culpa acuse. Calza mis pies con tu paz para pisar seguro. Dame el escudo de la fe para apagar las dudas, el yelmo de tu salvación para recordar quién soy, y tu Palabra viva para hablar cuando me falten palabras. Gracias porque tu fuerza no depende de mi ánimo del día. Es prestada, es firme, es tuya. Hoy me visto de ti y camino tranquila, sabiendo que ya estoy cubierta. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué baches pequeños del día suelen tumbarme cuando salgo sin plantarme en Dios primero?
- ¿En qué área siento hoy que necesito la fuerza prestada de Dios y no la mía?
- De las piezas de la armadura, ¿cuál me hace más falta esta semana: verdad, justicia, paz, fe, salvación o la Palabra?
- ¿Cómo sería para mí «plantarme» cada mañana antes de empezar el día?
- ¿Dónde estoy peleando sola cuando Dios me está ofreciendo su firmeza?
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