Devocionales

Dios me sostiene en la tormenta

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No temas, porque yo estoy contigo: yo te sostengo con mi mano.

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. — Isaías 41:10 — RVR1960

No temas, porque yo estoy contigo:
yo te sostengo con mi mano.

El viento en la playa era tan fuerte que costaba mantenerse de pie. Yo había ido con mi sobrina de casi dos años a caminar por la orilla, sin imaginar que el día se pondría así. Las nubes corrían rápido y la arena golpeaba los tobillos.

La niña quería avanzar. Daba un paso, se inclinaba hacia adelante con toda su fuerza, y el viento la empujaba de regreso. Lo intentó tres, cuatro veces. Su carita pequeña estaba decidida, pero sus piernas no podían con la ráfaga. Entonces hizo algo que me quebró por dentro: dejó de pelear con el viento, se giró hacia mí y levantó los dos brazos. No dijo nada. Solo alzó las manos, pidiendo la mía.

La tomé, y juntas caminamos hacia adelante. El viento seguía igual de fuerte. No paró. Pero ella ya no luchaba sola.

Pensé en cuántas veces yo le he pedido a Dios que detenga el viento. «Señor, haz que esto termine, quítame esta tormenta, cámbiame las circunstancias.» Y muchas veces la tormenta sigue soplando. El diagnóstico no cambia. La cuenta no alcanza. La ausencia sigue doliendo.

Pero aquella tarde entendí algo distinto. Dios no siempre calma el viento. A veces me sostiene mientras el viento sopla. Su promesa en Isaías no es que la tormenta desaparecerá, sino que Él estará conmigo dentro de ella, sosteniéndome con su mano derecha.

Mi fuerza se acaba pronto. Doy dos o tres pasos inclinada hacia adelante y ya no puedo más. Pero hay un momento en que dejo de forcejear y simplemente levanto las manos. Ese gesto, tan pequeño, tan de niña, es el corazón de la confianza: reconocer que no puedo sola y estirarme hacia el que sí puede.

Esa noche, mientras arropaba a mi sobrina, le agradecí a Dios por la lección que me dio con dos bracitos alzados en el viento. No siempre necesito que la tormenta pare. Necesito su mano. Y su mano nunca me suelta.

Oración

Padre, tantas veces te pido que detengas el viento, que quites de golpe lo que me duele y me agota. Y hoy vengo a decirte algo distinto: aunque la tormenta siga, quiero aprender a levantar las manos hacia ti. Reconozco que mi fuerza se acaba rápido, que doy unos pasos y ya no puedo más. Pero tú prometes sostenerme con tu diestra, y creo en tu promesa. No temo, porque tú estás conmigo. No desmayo, porque tú eres mi Dios. Enséñame a soltar mi necesidad de rescate inmediato y a descansar en tu presencia que me sostiene. Cuando el viento me empuje hacia atrás, recuérdame que no estoy sola, que tu mano ya está extendida hacia la mía. Gracias porque no me sueltas, ni siquiera cuando yo tiemblo. Gracias porque tu fuerza empieza justo donde termina la mía. Sostenme hoy, Señor, paso a paso, hasta que pase la tormenta o hasta que aprenda a caminar tomada de tu mano en medio de ella. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué tormenta le estoy pidiendo a Dios que detenga en este momento?
  • ¿Qué significaría para mí dejar de forcejear y simplemente levantar las manos hacia Él?
  • ¿En qué área siento que mi fuerza ya se acabó y necesito la suya?
  • ¿Puedo recordar una vez en que Dios me sostuvo sin quitar la dificultad?
  • ¿Cómo cambia mi paz saber que Él está conmigo dentro de la tormenta, no solo después?
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