Dios permanece fiel
Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo. — 2 Timoteo 2:13 — RVR1960

Mi hija menor tiene una memoria de elefante, pero solo para lo que le conviene. El martes, mientras corría entre la sala y la cocina, le dije de pasada: «El sábado hacemos galletas». No lo anoté en ningún lado. Para mí fue una frase suelta, dicha entre el cansancio y la lista del mercado. Para ella fue un contrato firmado con tinta.
El viernes en la noche ya tenía el delantal listo sobre la silla. «Mamá, mañana son las galletas, ¿verdad?». Y ahí sentí ese pinchazo tan conocido: yo casi lo había olvidado. Ella no. Ella guarda cada «tal vez» como si fuera un «sí», cada promesa dicha al vuelo como si estuviera grabada en piedra.
Esa noche, mientras acomodaba la cocina, me quedé pensando en la fragilidad de mi palabra. Cumplo cuando me acuerdo. Cumplo cuando el ánimo alcanza. Cumplo cuando el día no me venció primero. Mi fidelidad depende de tantas cosas: la memoria, el humor, el tiempo, las ganas. Y mi hija, sin saberlo, confía en algo que se sostiene con alfileres.
Entonces pensé en Dios, y en lo distinto que es. Su fidelidad no descansa en su estado de ánimo ni en si el día le fue bien. No cumple porque se acordó a tiempo. Él es fiel porque no puede ser otra cosa. Su palabra no se sostiene en circunstancias, se sostiene en su propio ser.
«Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo». Qué frase. No dice que Dios es fiel cuando yo me porto bien. Dice que Él permanece fiel incluso cuando yo fallo, incluso cuando olvido, incluso cuando dejo caer la promesa que le hice.
Esa es mi esperanza esta noche. No que yo sea buena para recordar, sino que Él nunca me suelta. Que puedo confiar absolutamente, no en mi memoria ni en mi constancia, sino en Alguien que no cambia.
El sábado hicimos galletas. Y mientras las cortábamos en forma de estrella, le agradecí a Dios en silencio por ser el único que jamás rompe su palabra.
Oración
Padre fiel, gracias porque tu palabra no depende de mi memoria ni de mi buen ánimo. Yo prometo y olvido, empiezo y me canso, digo «sí» y luego fallo. Pero Tú permaneces fiel siempre, porque no puedes negarte a ti mismo. Perdóname las veces que dudé de ti solo porque yo no fui constante. Enséñame a descansar no en mis fuerzas, sino en tu carácter. Cuando me sienta frágil, recuérdame que mi esperanza no se apoya en lo que yo soy, sino en lo que Tú eres. Gracias porque cada promesa que has hecho la vas a cumplir, no las convenientes nomás, sino todas. Ayúdame a confiar con la certeza de un niño que guarda cada palabra tuya como un tesoro. Y hazme también más fiel, Señor, para reflejar aunque sea un poco de tu constancia con quienes amo. Que mi vida se sostenga en tu fidelidad, hoy y siempre. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida he confiado más en mi propia constancia que en la fidelidad de Dios?
- ¿Qué promesa de Dios necesito recordar hoy como algo firme y no como un «tal vez»?
- ¿Cómo cambia mi paz saber que la fidelidad de Dios no depende de mi buen comportamiento?
- ¿A quién le fallé recientemente, y cómo puedo pedir perdón descansando en la gracia de Dios?
- ¿Qué significa para mí que Dios «no puede negarse a sí mismo»?



