Devocionales

Dios se alegra cuando me encuentra

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Cuando Dios me encuentra, el cielo entero se alegra.

¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? — Lucas 15:4 — RVR1960

Cuando Dios me encuentra,
el cielo entero se alegra.

Encontré a mi hija menor un sábado por la mañana buscando algo debajo de los muebles. Movía las sillas, levantaba los cojines, miraba detrás de las macetas. Le pregunté qué había perdido y me dijo, casi al borde del llanto, que se le había caído una moneda pequeña, una de esas que le había regalado su abuelo. No valía casi nada en dinero. Pero para ella valía todo, porque venía de una mano que quería mucho.

La ayudé a buscarla. Nos arrodillamos juntos, movimos toda la sala, hasta que apareció en un rincón oscuro, cubierta de polvo. Cuando la levantó, dio un grito de alegría y salió corriendo a contarle a todos que la había encontrado. Su hermano, su mamá, hasta el perro se enteraron. La casa entera se llenó de su felicidad por una moneda diminuta.

Me quedé pensando en eso el resto del día. Jesús contó algo parecido cuando dijo: ¿qué mujer, teniendo diez monedas, si pierde una, no busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y les dice: alégrense conmigo. Siempre había leído esas historias enfocándome en lo perdido. Pero esa mañana entendí lo otro: la alegría del que busca.

A veces siento que soy poca cosa para Dios. Que si me alejo un poco, si mi fe se enfría, si dejo de sentir, no le importaría demasiado. Que él tiene noventa y nueve corazones más entregados que el mío. Pero la parábola no dice eso. Dice que Dios deja todo para buscar al que se distrajo, y que cuando lo encuentra no lo regaña, sino que se llena de gozo.

No soy una moneda que se perdió por descuido y se quedó olvidada en un rincón. Soy alguien a quien Dios busca con cuidado, con las manos en el polvo, hasta encontrarme. Y cuando lo hace, no suspira aliviado como quien recupera algo barato. Se alegra. El cielo se alegra. Mi corazón tibio, mi fe cansada, mi distracción de meses: nada de eso apaga su gozo de tenerme de vuelta cerca.

Oración

Padre, gracias porque me buscas aunque yo no me sienta digno de ser buscado. A veces pienso que soy poca cosa para ti, que mi fe cansada no vale la pena, que tienes corazones más entregados que el mío. Pero tú me enseñas otra cosa. Me enseñas que dejas todo para venir por mí, que no te rindes cuando me distraigo, que revisas cada rincón hasta encontrarme. Perdóname por las veces que me alejé sin darme cuenta, por los días en que hice lo de siempre sin sentir nada. Gracias porque tu amor no depende de mi entusiasmo, sino de tu fidelidad. Enséñame a dejarme encontrar, a no esconderme cuando estoy tibio, a correr hacia ti en lugar de alejarme más. Y cuando me encuentres, ayúdame a alegrarme contigo, a saber que hay fiesta en el cielo por mí. Que tu gozo sea la fuerza que reavive mi corazón. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida siento que me he distraído sin darme cuenta?
  • ¿Creo de verdad que Dios se alegra al encontrarme, o pienso que soy poca cosa para él?
  • ¿Qué me impide dejarme encontrar cuando mi fe está cansada?
  • ¿Cuándo fue la última vez que sentí el gozo de estar cerca de Dios?
  • ¿Cómo puedo responder hoy al Dios que me busca con cuidado?

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