Devocionales

Dios tiene paciencia conmigo

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Dios tiene paciencia conmigo; yo también puedo tenerla.

El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad. — Proverbios 14:29 — RVR1960

Dios tiene paciencia conmigo;
yo también puedo tenerla.

Esta mañana perdí la calma más rápido de lo que quisiera admitir. Mi hija derramó el jugo por segunda vez, y antes de pensar, ya le había hablado con un tono más duro de lo necesario. Ella me miró con esos ojos grandes, sin entender la prisa de mamá. Y algo se me acomodó por dentro: yo esperaría con paciencia a cualquiera que estuviera aprendiendo, menos a mí misma cuando fallo.

Porque así soy conmigo. Cuando ella tropieza, la levanto y le digo «no pasa nada, otra vez será». Pero cuando yo tropiezo, cuando vuelvo a caer en el mismo enojo, en la misma impaciencia, en el mismo pecado de siempre, me hablo sin ninguna compasión. Me exijo un crecimiento inmediato que jamás le exigiría a un niño que está aprendiendo a caminar.

Me imaginé de pie en un campo enorme, sola, sintiéndome pequeña y lenta. Como si todos avanzaran y yo apenas diera pasitos. Y en medio de ese pensamiento, recordé cómo me trata Dios. Él no me arranca del suelo cada vez que caigo. No me habla con desprecio ni me apura. Me guía sin prisa, me sostiene, me da espacio para crecer. La Escritura dice que el que tarda en airarse es grande de entendimiento. Dios es infinitamente grande, y sin embargo tarda en airarse conmigo.

Entonces pensé: si Él tiene esa paciencia con mi crecimiento tan lento, ¿por qué yo me niego a mí misma la misma gracia que Él me regala? El apuro y la dureza conmigo misma no me hacen más santa. Solo repiten el error que hoy cometí con mi hija: exigir perfección donde Dios solo pide caminar.

Esa tarde, cuando volví a fallar en algo pequeño, respiré antes de golpearme por dentro. Me dije lo que le diría a ella: «No pasa nada. Sigues aprendiendo. Dios no ha terminado contigo.» Y sentí, por primera vez en mucho tiempo, que ser paciente conmigo misma no era pereza. Era confiar en que Dios me está formando a su ritmo, y su ritmo es tierno.

Oración

Padre, gracias porque tardas en airarte conmigo. Gracias porque no me apuras ni me desprecias cuando vuelvo a caer en lo mismo. Perdóname por ser tan dura conmigo misma, por exigirme un crecimiento inmediato que tú nunca me exiges. Confieso que muchas veces me niego la gracia que sí les doy a los demás. Enséñame a verme como tú me ves: como una hija que todavía está aprendiendo, sostenida por tu mano paciente. Ayúdame a respirar antes de golpearme por dentro, a recordar que tú no has terminado tu obra en mí. Dame la sabiduría de la que habla tu Palabra, esa que tarda en airarse y sabe esperar. Que trate mi propio corazón con la misma ternura con la que quiero tratar a mis hijos. Y cuando me sienta pequeña y lenta en este campo enorme de la vida, recuérdame que voy a tu ritmo, y tu ritmo es amor. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área me hablo con más dureza de la que le hablaría a un ser querido?
  • ¿Qué gracia les doy fácilmente a otros pero me niego a mí misma?
  • ¿Cómo ha sido paciente Dios con mi crecimiento en el último año?
  • ¿Qué frase amable puedo decirme la próxima vez que falle?
  • ¿Qué significaría para mí confiar en que Dios me forma a su ritmo y no al mío?
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