Dios va conmigo aunque no vea el camino
Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. — Hebreos 11:8 — RVR1960

El otro día salí a caminar muy temprano, cuando todavía había neblina. Conozco esa calle de memoria, pero esa mañana no se veía más allá de unos cuantos pasos. Lo curioso es que igual llegué a donde iba. No porque el camino se hubiera despejado de golpe, sino porque cada paso que daba iba abriendo el siguiente. La neblina no se levantó toda de una vez; se corría un poco más adelante mientras yo avanzaba.
Me quedé pensando en eso, porque así estaba mi corazón por dentro. Tenía una decisión enfrente y yo quería verlo todo antes de moverme. Quería garantías, quería el mapa completo, quería saber cómo terminaba la historia antes de dar el primer paso. Y mientras esperaba esa certeza, me convencía de que estaba siendo prudente. Pero esa mañana entendí una cosa incómoda: a veces mi «espero tener claridad» era en realidad un «no quiero confiar todavía».
Dios rara vez me entrega el camino entero de un solo golpe. Me da luz para el siguiente paso. Y ese siguiente paso, cuando lo doy, alumbra el que viene después. No es que Él no sepa a dónde vamos; es que quiere que caminemos tomados de su mano y no del mapa.
Así fue con Abraham. La Palabra dice que salió sin saber a dónde iba. No tenía coordenadas ni fecha de llegada. Tenía algo mejor: tenía a Dios delante. Y le creyó lo suficiente como para levantar los pies.
Yo quería lo contrario: primero ver, luego obedecer. Pero la fe casi nunca funciona en ese orden. Primero se obedece con la poca luz que hay, y en el obedecer se descubre que Dios era fiel todo el tiempo.
Ese día decidí dar el paso que me tocaba, aunque no viera el final. No fue un salto heroico. Fue solo confiar en que Quien me llamó no me iba a soltar en la neblina. Y no me soltó. Nunca lo hace. La certeza que yo tanto buscaba no estaba en ver el camino completo, sino en saber quién caminaba a mi lado.
Oración
Padre, tú sabes cuántas veces me quedo parado esperando verlo todo antes de moverme. Quiero garantías, quiero el mapa entero, quiero estar seguro del final antes de empezar. Y muchas veces, en el fondo, eso no es prudencia: es miedo de confiar en ti. Perdóname por confundir mi necesidad de control con obediencia.
Hoy te pido valor. No para ver todo el camino, sino para dar el paso que tengo delante con la luz que me diste. Ayúdame a creer que tú ya conoces el destino, que no caminas detrás sino delante de mí, y que jamás me sueltas en medio de la neblina.
Como Abraham, quiero levantar los pies aunque no sepa exactamente a dónde. Enséñame a confiar más en tu presencia que en mi certeza. Recuérdame, cuando el miedo me frene, que tú eres fiel y que nunca me has fallado. Camina conmigo hoy, Señor. Yo doy el paso; tú alumbras el siguiente. Amén.
Para reflexionar
- ¿Qué decisión estoy postergando mientras espero tener «toda la claridad»?
- ¿En qué área mi deseo de certeza podría ser en realidad miedo de confiar en Dios?
- ¿Cuál es el único paso que Dios me está pidiendo dar hoy, con la luz que ya tengo?
- ¿En qué momentos del pasado Dios me guio aunque yo no veía el camino completo?
- ¿Qué cambiaría en mi corazón si confiara más en la presencia de Dios que en mis garantías?



