El Buen Pastor me busca a mí
¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? — Lucas 15:4 — RVR1960

Hace unos meses me di cuenta de que llevaba mucho tiempo haciendo las cosas de siempre sin sentir nada. Oraba antes de dormir, iba a la iglesia el domingo, cantaba las mismas canciones. Todo estaba en su lugar, menos mi corazón. No me había ido a ningún lado escandaloso. No dejé de creer. Simplemente, sin darme cuenta, mi alma se había alejado unos pasos, como quien camina distraído y de pronto mira alrededor y no reconoce el paisaje.
Una tarde, mientras lavaba los platos, me vino a la mente esa pregunta de Jesús: ¿quién de ustedes, teniendo cien ovejas, no deja las noventa y nueve para ir tras la que se perdió? Siempre imaginé esa historia como un rescate dramático, alguien que cae en un pozo y grita pidiendo auxilio. Pero esa tarde entendí algo distinto. La oveja perdida no siempre se aleja corriendo. A veces solo se distrae mordiendo el pasto, levanta la cabeza, y el rebaño ya está lejos.
Así estaba yo. Dentro del redil, pero con el corazón frío. Y lo que me sorprendió no fue mi distancia, sino que el Pastor no se conformaba con mi presencia. No le bastaba tenerme sentada en la banca. Me quería a mí, viva, cercana, enamorada otra vez.
Empecé a notar cómo Dios me buscaba en cosas pequeñas. Una frase de un amigo que me hizo llorar. Un versículo que leí mil veces y de pronto me habló. Una canción vieja que volvió a doler bonito. No fue un solo momento glorioso. Fue una búsqueda paciente, diaria, como quien camina por el campo con una lámpara encendida llamando por mi nombre.
Eso me devolvió el aire. Descubrí que no tengo que fabricar mi propia pasión ni fingir que siento lo que no siento. El que me busca es Él. Yo solo tengo que dejarme encontrar, quedarme quieta cuando escucho su voz, girar la cabeza cuando siento que me llama.
Si tú también estás cansada de ir por inercia, quiero decirte algo: el frío de tu corazón no lo ha desanimado. Él ya salió a buscarte. No para regañarte, sino para cargarte sobre sus hombros y traerte de vuelta al calor de su presencia.
Oración
Buen Pastor, gracias porque no te conformas con mi presencia distraída. Gracias porque, cuando mi corazón se enfría sin que yo lo note, tú dejas todo y vienes a buscarme. Perdóname por las veces que confundí la rutina con la cercanía, por cantar sin sentir, por orar sin escuchar. Reconozco que me alejé unos pasos sin darme cuenta, mordiendo el pasto mientras el rebaño avanzaba. Hoy levanto la cabeza y escucho tu voz llamándome por mi nombre. No quiero fingir una pasión que no tengo; te pido que la enciendas tú. Vuelve a hacer que tu Palabra me hable, que las canciones me toquen, que mi oración sea encuentro y no costumbre. Enséñame a quedarme quieta cuando me buscas, a dejarme cargar sobre tus hombros sin resistirme. Gracias porque tu amor no depende de lo que yo sienta, sino de quién eres tú. Gracias porque me buscas hoy, y mañana, y todos los días. Aquí estoy, Señor. Encuéntrame. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida espiritual siento que estoy ‘presente’ pero con el corazón lejos?
- ¿Cómo he intentado fabricar mi propia pasión en lugar de dejarme buscar por Dios?
- ¿De qué formas pequeñas he sentido que Dios me busca esta semana?
- ¿Qué me cuesta más: reconocer que me alejé, o creer que Él quiere traerme de vuelta?
- ¿Qué significaría para mí quedarme quieta y dejarme encontrar hoy?



