Él debe crecer, yo menguar
Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. — Juan 3:30 — RVR1960

Durante años dirigí el coro de mi congregación. Me gustaba pensar que lo hacía por amor a Dios, y en parte era verdad. Pero había otra parte, más pequeña y más ruidosa, que disfrutaba cuando alguien me decía al salir: «Qué hermoso dirigiste hoy». Guardaba esos comentarios como quien guarda monedas.
Un domingo llegó al ensayo una joven nueva. Cantaba con una voz que hacía silencio en la sala. No era ensayada ni presumida; simplemente abría la boca y parecía que el cielo se acercaba un poco. Y noté, con vergüenza, que mi primer pensamiento no fue de alegría. Fue: «¿Y ahora dónde quedo yo?».
Esa frase me persiguió toda la semana. La escuché por dentro como se escucha una gotera: insistente, delatora. «¿Dónde quedo yo?» Cuando abrí mi Biblia buscando otra cosa, me tropecé con Juan el Bautista. Había gente que le avisaba, casi alarmada, que Jesús estaba bautizando y que todos se iban tras Él. Y Juan, en lugar de defender su territorio, dijo algo que me desarmó: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengue». No lo dijo resignado. Lo dijo como el amigo del novio que se alegra de oír la voz del novio.
Entendí que yo había puesto mi nombre en el centro del marco, y que Dios, con toda ternura, me estaba invitando a correrme hacia un lado. No para desaparecer, sino para señalar hacia Él. La joven no venía a quitarme nada; venía a recordarme para Quién cantábamos todos.
El domingo siguiente le pedí que dirigiera un himno. Me senté entre la gente. Y descubrí algo que no esperaba: menguar no dolió. Al contrario, sentí un alivio hondo, como cuando por fin sueltas algo que venías cargando sin saberlo. Adorar desde el asiento, sin ser visto, resultó ser más limpio que adorar desde el frente esperando aplausos.
Dios no me pidió que valiera menos. Me pidió que Él ocupara más lugar. Y donde yo temía quedar vacío, me llenó de gozo. Mi identidad nunca estuvo en ser aplaudido; siempre estuvo en ser suyo. Menguar, entonces, no es perderme. Es encontrarme donde debí estar desde el principio: apuntando hacia arriba.
Oración
Padre, confieso que muchas veces me pongo en el centro sin darme cuenta. Guardo los elogios como tesoros y me inquieto cuando otro brilla. Perdóname por confundir mi identidad con la atención que recibo. Hoy quiero aprender del amigo del novio, que se alegraba de oír Tu voz aunque la fiesta no fuera para él. Enséñame a menguar sin miedo, sabiendo que menguar delante de Ti no es desaparecer, sino encontrar mi lugar verdadero. Que crezcas Tú en mi trabajo, en mi servicio, en mis conversaciones y en mi corazón. Quítame la necesidad de ser visto y dame el gozo limpio de señalar hacia Ti. Cuando sienta esa punzada del «¿y yo dónde quedo?», recuérdame que quedo justo donde debo: en Tus manos, siendo Tuyo. Llena Tú el marco de mi vida. Que quienes me miren, en realidad Te vean a Ti. Gracias porque mi valor no depende de aplausos, sino de que me llamas hijo. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida me cuesta soltar el centro de atención?
- ¿Qué elogios estoy guardando como si fueran mi identidad?
- Cuando otro brilla cerca de mí, ¿cuál es mi primer pensamiento honesto?
- ¿Qué significaría hoy, en concreto, que Cristo crezca y yo mengüe?
- ¿Dónde he confundido ser visto con ser amado por Dios?



