El Espíritu de Dios habita en ti
¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? — 1 Corintios 3:16 — RVR1960

El otro día llegó una amiga sin avisar. Tocó el timbre justo cuando la cocina era un campo de batalla: platos del desayuno todavía en el fregadero, migas en la mesa, un canasto de ropa a medio doblar sobre el sillón. Mi primer impulso fue no abrir. El segundo fue abrir apenas una rendija y empezar a disculparme antes de saludarla. «Perdón por el desorden, no esperaba visitas, esto normalmente no está así». Ella se rió y me dijo: «Vengo a verte a ti, no a tu cocina».
Abrí la puerta del todo. Y mientras ella pasaba, entendí algo que me acompañó el resto del día.
Cuántas veces le hago lo mismo a Dios. Lo dejo esperando en el umbral de mi corazón mientras corro por dentro tratando de acomodar todo: mis ansiedades que quedaron tiradas por ahí, las oraciones que dejé a medias, los enojos que no doblé, las culpas que llevo días sin recoger. Como si el Espíritu Santo fuera una visita a la que hay que impresionar. Como si primero tuviera que ordenar mi vida y después invitarlo a entrar.
Pero la Palabra no dice que soy una sala de exposición que debe estar impecable. Dice que soy templo. Y un templo no se limpia para que Dios venga: Dios viene, y por eso se vuelve santo.
Me puse a pensar en a quiénes eligió Jesús. Pescadores rudos, un cobrador de impuestos, discípulos que dormían cuando debían orar, uno que lo negó tres veces. En Pentecostés el Espíritu no descendió sobre gente perfecta, sino sobre personas con miedo, escondidas tras puertas cerradas. Dios no espera a que estemos listos. Se acerca justamente a lo que está roto y a medio terminar.
Esa tarde dejé de disculparme. No hace falta ordenar el corazón antes de dejarlo entrar. Él entra, y con Él llega el orden, la paz, la limpieza que yo nunca lograría sola.
Abre la puerta hoy, aunque haya desorden. El que quiere entrar no viene a inspeccionar tu casa. Viene a habitar contigo.
Oración
Padre, gracias porque no esperas a que yo esté lista para acercarte a mí. Perdóname por las veces que te he dejado esperando en el umbral, disculpándome por mi desorden, creyendo que primero debía arreglarlo todo. Hoy abro la puerta de par en par. Entra con mi cansancio a la vista, con mis ansiedades tiradas por ahí, con las oraciones que dejé a medias. Gracias, Espíritu Santo, porque tú no huyes de lo roto: te acercas a ello. Gracias porque me hiciste tu templo, no una sala que debe lucir perfecta, sino un lugar de encuentro honesto contigo. Enséñame a venir tal como soy, sin excusas, confiando en que tu gracia es más grande que mi caos. Y donde yo solo veo desorden, pon tu paz. Donde veo culpa, pon tu perdón. Ordena por dentro lo que yo no puedo ordenar. Quédate a vivir aquí, Señor. Eres bienvenido en mi casa, eres bienvenido en mi corazón. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué desorden interior te hace querer dejar a Dios esperando en el umbral?
- ¿De qué te disculpas ante Dios como si tuvieras que impresionarlo primero?
- ¿Qué significa para ti ser templo y no sala de exposición?
- Recuerda una vez en que Dios se acercó justo cuando te sentías roto o a medio terminar.
- ¿Qué puerta necesitas abrir hoy de par en par?



