El mañana ya está en las manos de Dios
Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal. — Mateo 6:34 — RVR1960

Anoche no podía dormir. No por un dolor, ni por un ruido, sino por una lista de preguntas que empezaban todas con «¿y si…?». ¿Y si no alcanza el dinero? ¿Y si esa consulta médica trae malas noticias? ¿Y si dentro de un año todo se derrumba? Me di cuenta de que estaba viviendo en un día que ni siquiera había llegado, cargando un peso que todavía no era mío.
Esa noche aprendí a nombrar las cosas distinto. Durante años había dicho «mi angustia», como si fuera una parte de mí, como si me perteneciera igual que el color de mis ojos. Pero esa madrugada, casi sin pensarlo, oré diferente: «Señor, aquí está la angustia. No soy yo. Es algo que estoy sintiendo, y te lo entrego.» Fue como abrir la mano que llevaba días apretada.
Porque la angustia es algo que atravieso, no es mi nombre. Mi nombre está escrito en las manos de Dios, y también está allí mi mañana. Yo no soy «la persona ansiosa». Soy hija de un Padre que ya conoce el día que a mí me asusta.
Jesús lo dijo con una claridad casi desconcertante: no os afanéis por el día de mañana. No porque el mañana no importe, sino porque el mañana ya tiene Dueño. Yo intento vivir hoy y mañana al mismo tiempo, y por eso me parto en dos. Él me invita a habitar solo el día de hoy, donde su gracia sí alcanza.
Me imaginé pequeña, sentada en lo alto, mirando un horizonte lleno de nubes que no sé descifrar. Antes eso me habría hecho temblar. Pero descubrí que no estoy sola en esa altura: hay una mano firme debajo de mí. El futuro sigue siendo desconocido, pero ya no es mío para resolverlo. Es de Aquel que nunca se afana.
Hoy, cuando vuelvan los «¿y si…?», no voy a discutir con ellos. Solo voy a decir, otra vez y las que hagan falta: «Señor, esto no soy yo. Es la angustia, y te la entrego. Mi mañana ya está en tus manos.» Y eso, aunque parezca poco, es suficiente. Una oración sencilla y honesta le basta a Dios.
Oración
Padre, vengo a ti con las manos cansadas de apretar un futuro que no puedo controlar. Reconozco que me he acostumbrado a llamar «mía» a la angustia, como si fuera parte de quién soy. Hoy quiero decirlo distinto delante de ti: esto no soy yo, es solo algo que estoy sintiendo, y te lo entrego. Tú conoces cada día que a mí me asusta. El mañana que no puedo ver ya está en tus manos, y tus manos nunca tiemblan. Enséñame a vivir solo el día de hoy, donde tu gracia me alcanza y me sostiene. Cuando vuelvan los «¿y si…?» a golpear mi mente en la noche, ayúdame a no discutir con ellos, sino a volver a ti con una oración simple. Gracias porque no me pides una fe perfecta, sino una fe honesta. Gracias porque mi identidad está segura en ti y no en lo que siento. Calma mi temor por lo que viene, Señor, y recuérdame que mañana tú ya estarás allí, esperándome. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué «¿y si…?» sobre el futuro me quita el sueño en esta temporada?
- ¿En qué me cambia dejar de decir «mi angustia» y empezar a decir «la angustia que estoy sintiendo»?
- ¿Qué parte de mi mañana necesito soltar hoy en las manos de Dios?
- ¿Cómo sería vivir solo el día de hoy, sin cargar con el peso del día que aún no llega?
- Escribe una oración sencilla y honesta que puedas repetir cuando vuelva el temor.



