El Padre me da su apellido
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. — 1 Juan 3:1 — RVR1960

Hace unos meses acompañé a una amiga a firmar los papeles de adopción de su niño. El proceso había durado casi dos años. Esa mañana, en una oficina con sillas duras y luz de tubo, un funcionario leyó en voz alta el nombre completo del pequeño. Al final del nombre venía el apellido de la familia. Mi amiga apretó la mano de su esposo. El niño, de tres años, no entendía nada de lo que pasaba; jugaba con un carrito en el suelo, ajeno al papel que lo cambiaba todo.
Eso fue lo que me quebró por dentro. Él no firmó nada. No entendió nada. No hizo ningún mérito para merecer un apellido. Sencillamente lo recibió mientras jugaba. Alguien decidió amarlo primero, y desde ese instante ese niño no tuvo que ganarse la casa, la mesa, ni el apellido. Todo eso ya era suyo por decisión de otro.
De regreso pensé en cuántas veces me acerco a Dios como si tuviera que demostrar algo. Como si antes de orar debiera repasar mi semana, hacer una lista de lo que hice bien y lo que hice mal, y solo entonces atreverme a hablarle. Como si su cariño fuera un premio y yo un concursante nervioso.
Pero el evangelio no funciona así. Juan lo dice con asombro: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.» La palabra que me detiene es «llamados». No dice que nos ganamos el título. Dice que Él nos llama con su nombre, que nos pone su apellido encima como quien firma unos papeles y decide amar primero.
Aquel niño no tuvo que probar que valía la pena. Fue amado, y el amor vino antes que cualquier cosa que pudiera hacer. Así soy yo delante de Dios. No entro a su presencia como concursante, sino como hijo que ya lleva el apellido de la casa. No tengo que auditarme antes de orar. Tengo un Padre que decidió llamarme suyo, y esa decisión no depende de mi buen desempeño de esta semana.
Hoy, si te acercas a Dios cansado y sin méritos que presentar, acércate igual. El apellido ya está firmado.
Oración
Padre, gracias porque me llamaste tuyo antes de que yo hiciera algo para merecerlo. Muchas veces me acerco a ti con miedo, repasando mis fallas, como si tuviera que probar que valgo la pena. Perdóname por tratar tu amor como un premio que debo ganar. Hoy quiero descansar en la verdad de que ya llevo tu apellido, que me pusiste en tu familia por pura gracia. Ayúdame a orar como hijo y no como extraño. Cuando la culpa me diga que no soy digno de acercarme, recuérdame que tú firmaste primero, que decidiste amarme cuando yo ni siquiera lo entendía. Enséñame a vivir desde esa seguridad, sin tener que demostrar nada. Y ayúdame a mirar a los demás con esa misma ternura, sabiendo que tú los amas también. Que mi vida entera sea el descanso de un hijo que sabe a quién pertenece. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿De qué manera intentas «ganarte» el amor de Dios antes de acercarte a Él?
- ¿Qué cambiaría en tu oración si de verdad creyeras que ya llevas el apellido de la familia de Dios?
- Recuerda una vez en que recibiste algo bueno sin haberlo merecido. ¿Cómo te habló Dios en eso?
- ¿Qué culpa o lista mental necesitas soltar para acercarte a Dios como hijo y no como concursante?
- ¿A quién podrías tratar hoy con la ternura de alguien que también es amado por el Padre?
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