El que es lento para la ira es grande en entendimiento
El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad. — Proverbios 14:29 — RVR1960

Hoy me sorprendí contando hasta diez antes de responder. Mi hijo llevaba media hora tratando de amarrarse los zapatos, y la fila del portón del colegio crecía detrás de mí. Sentí las prisas subir por el pecho, esa vieja urgencia de agarrarle las manos y hacerlo yo. Pero me detuve. Respiré. Y desde el asiento le dije: «Tú puedes, tómate tu tiempo». Él sonrió, orgulloso, y logró el primer nudo.
En el camino de regreso pensé en cuántas veces me hablo a mí misma sin esa misma calma. Con mi hijo espero. Con él entiendo que aprender lleva tiempo, que un nudo mal hecho no es un fracaso, que mañana lo hará mejor. Pero conmigo soy impaciente hasta la crueldad. Cuando vuelvo a reaccionar mal, cuando tardo en cambiar un hábito, cuando siento que mi fe crece a paso de tortuga, me hablo con una prisa que jamás le impondría a nadie que amo.
Proverbios 14:29 me detuvo en seco: «El que tarda en airarse es grande de entendimiento». Y entendí algo nuevo. La paciencia no es solo aguantar a los demás. También es la sabiduría de no encolerizarme contra mí misma, de no tratarme como enemiga cuando fallo. El apresurado, dice el mismo versículo, enaltece la necedad. Y yo he sido apresurada conmigo, exigiéndome resultados que solo el tiempo y la gracia pueden dar.
Dios no me apura. Él, que conoce cada nudo mal hecho de mi alma, no me arranca las manos para hacerlo por mí de un tirón. Espera. Me da espacio. Me deja intentarlo otra vez sin que su amor se acorte ni un centímetro. Si el Dios santo es lento para la ira conmigo, ¿quién soy yo para ser rápida en condenarme?
Ese entendimiento del que habla el versículo empieza, creo, cuando me atrevo a ser paciente en el lugar más difícil: adentro. Cuando dejo de gritarle a la parte de mí que todavía está aprendiendo a amarrarse los zapatos. Hoy quiero decirme lo mismo que le digo a mi hijo: «Tú puedes, tómate tu tiempo». Porque el que aprende despacio, pero avanza, es grande en entendimiento.
Oración
Señor, tú eres lento para la ira y grande en misericordia. Gracias porque no me apresuras, porque no me arrancas las manos cuando batallo con lo que todavía no aprendo a hacer bien. Perdóname por ser tan dura conmigo misma, por exigirme una prisa que tú nunca me impones. Enséñame el entendimiento verdadero: esa calma que sabe esperar, que no enloquece ante mis propias fallas, que confía en que tú estás obrando aunque yo no vea el cambio de un día para otro. Ayúdame a hablarme con la misma ternura con que hablo a los que amo. Cuando quiera reaccionar contra mí misma con enojo, recuérdame que tú me miras con paciencia. Dame la sabiduría de tardar en airarme, incluso conmigo, y de darme el espacio que tú tan generosamente me das. Que tu gracia me enseñe a crecer sin condenarme. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de tu vida te exiges una prisa que nunca le exigirías a alguien que amas?
- ¿Cómo cambiaría tu día si te hablaras con la misma paciencia con que Dios te trata?
- ¿Qué significa para ti que Dios sea «lento para la ira» contigo?
- Piensa en un «nudo» que aún estás aprendiendo a hacer. ¿Qué palabras de gracia necesitas darte hoy?
- ¿Dónde has confundido la impaciencia contigo misma con humildad o con crecimiento?
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