Devocionales

El Señor es la fortaleza de mi vida

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El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?

Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? — Salmo 27:1 — RVR1960

El Señor es la fortaleza de mi vida;
¿de quién he de atemorizarme?

Mi hija menor llegó a casa con la voz temblando. Al día siguiente tenía que pararse frente a toda su clase a recitar un poema, y la sola idea la tenía paralizada. «No voy a poder, mamá», me dijo con los ojos aguados. «Se me va a olvidar todo, se van a reír, mejor no voy.»

La senté a mi lado y le pedí que dijera el poema solo para mí. Lo hizo, tropezando, pero lo dijo entero. «¿Ves? Sí lo sabes», le dije. «Pero no puedo hacerlo yo sola», contestó. Y ahí me detuve, porque entendí que no me estaba pidiendo que la convenciera de que era valiente. Me estaba pidiendo que no la soltara.

Esa noche le prometí que yo estaría en el fondo del salón. Que cuando levantara la vista, me vería. Y noté cómo su cuerpo entero cambió con esa sola promesa. El poema seguía siendo difícil. La clase seguía llena de niños. Nada de eso desapareció. Lo único que cambió fue que ya no estaba sola frente a todo aquello.

Así me pasa a mí con Dios cuando el miedo me aprieta. Me esfuerzo por ser fuerte, por armarme de valor por dentro, como si la valentía fuera algo que yo tuviera que fabricar sola en la oscuridad. Y me agoto, porque no la tengo. La fuerza no me nace de adentro.

Pero David no dice «yo soy valiente». Dice: el Señor es la fortaleza de mi vida. No niega que hay enemigos, no finge que la noche no da miedo. Solo nombra a Quién está con él en medio del miedo. Su valentía no es ausencia de temor; es saber quién lo sostiene.

A veces creo que ser fuerte es no temblar. Y no. Ser fuerte, para mí, ha terminado siendo esto: temblar, y aun así levantar la vista buscando al que prometió estar cerca. Mi hija se paró al día siguiente frente a su clase. Se equivocó en una línea. Pero me buscó con los ojos, me encontró en el fondo, y siguió. No porque de pronto fuera valiente. Porque ya no estaba sola.

Dios no me quita el salón lleno. Me da su fuerza para entrar en él.

Oración

Señor, tantas veces intento fabricar valor por dentro, como si fuera cosa mía sostenerme sola. Y me agoto, porque la fuerza no me nace. Hoy quiero dejar de fingir que no tengo miedo. Sí lo tengo. Pero tú eres la fortaleza de mi vida, y eso lo cambia todo. No me pides que sea valiente sola; me pides que levante la vista y te busque, sabiendo que estás cerca. Gracias porque no niegas mis temores ni me regañas por sentirlos. Gracias porque, como una madre en el fondo del salón, tú estás donde puedo encontrarte cuando levanto los ojos. Enséñame a apoyarme en tu fuerza y no en la mía. Cuando el corazón me tiemble, recuérdame que temblar no es lo contrario de confiar. Que puedo entrar al día difícil sabiendo que no estoy sola frente a nada. Tú eres mi fuerza, y a nadie he de temer. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué situación te está pidiendo un valor que sientes que no tienes?
  • ¿En qué área intentas ser fuerte tú sola, en vez de apoyarte en la fortaleza de Dios?
  • ¿Alguna vez confundiste ser fuerte con no sentir miedo? ¿Cómo cambiaría eso hoy?
  • ¿Qué significaría, hoy, levantar la vista y buscar a Dios en medio de lo que temes?
  • Escribe una promesa de Dios que puedas repetir cuando el corazón te tiemble.

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