El vaso del director: ¿a quién sirves primero, al que manda?
“Marta sirve café en una oficina corporativa y prepara una charola para una reunión decisiva. La tensión está en decidir a quién vale la pena mirar primero.”
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Marta llevaba doce años sirviendo el café en una oficina corporativa, y conocía cada pasillo de memoria. Sabía qué gerente prefería el café sin azúcar, quién dejaba propina al final del mes y quién jamás levantaba la vista para darle las gracias. Esa mañana tenía una reunión importante en la sala de juntas: directores de otra ciudad, contratos grandes, el tipo de gente que, si quedaban contentos, podía dejar un buen sobre antes de marcharse.
Mientras preparaba la charola, Marta acomodó las tazas con cuidado y llenó un vaso de agua fría con tapa transparente para el director, que siempre la pedía. Todo debía salir impecable. Quería terminar puntual, porque el turno había empezado de madrugada y le dolían los pies.
Al cruzar el pasillo de cubículos, pasó junto a Daniel, el auxiliar que cargaba cajas de papel para la fotocopiadora. El muchacho se veía pálido, con la camisa pegada de sudor. Marta lo notó de reojo, pero siguió de largo. No era de los que dejaban propina. Era de los que nadie miraba.
Dio apenas unos pasos cuando escuchó un ruido seco. Se volvió. Daniel se había recargado contra la pared, blanco como el papel que cargaba, con la mano temblando sobre la fotocopiadora encendida. Las cajas se le habían caído. Nadie en los cubículos se levantó. Algunos ni apartaron la vista de sus pantallas.
Marta no lo pensó. Dejó la charola de cafés ejecutivos sobre la mesa más cercana, tomó el vaso de agua fría que era para el director y se acercó al muchacho.
—Toma, despacio, bebe un poco —le dijo, sosteniéndole la nuca con la mano libre.
Daniel bebió a sorbos. El color le fue volviendo a la cara. Marta le pidió que se sentara en el piso, recargado en la pared, y solo entonces llamó a alguien para que avisara a enfermería. El muchacho la miró con los ojos vidriosos y le apretó la mano.
—No había comido nada desde ayer —murmuró—. Gracias. Usted fue la única.
Ese vaso de agua, preparado con esmero para el hombre más importante de la reunión, terminó sosteniendo al hombre que todos habían vuelto invisible. Y Marta entendió algo que la dejó callada el resto del turno. Había reservado su mejor atención para quien tenía el cargo más alto, pensando que ahí estaba su recompensa. Pero la ayuda que de verdad hacía falta esa mañana no estaba en la sala de juntas. Estaba tirada en el pasillo, pálida, donde nadie quería mirar.
Cuántas veces nosotros hacemos lo mismo. Guardamos nuestra mejor sonrisa, nuestra paciencia y nuestro tiempo para quien tiene un título, un cargo o algo que darnos a cambio, y pasamos de largo ante la persona cansada que nadie nota. Dios no siempre nos pide servir a quien brilla. Muchas veces nos pone delante al que está agotado junto a la fotocopiadora, al compañero al que nadie saluda, al que no tiene nada con qué pagarnos. Recordemos que servir al prójimo no siempre interrumpe nuestro trabajo. A veces, como le pasó a Marta, revela para quién era realmente nuestro servicio.
Versículo
Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. – Mateo 25:40
Reto para hoy
Esta semana, cuando entres a la oficina, al salón o al chat del equipo, fíjate en quien suele quedar invisible. ¿A quién podrías saludar o ayudar antes de buscar agradar al que manda? Hoy escribe a esa persona, ofrécele una mano concreta y cumple ese gesto antes de que termine el día.
Oración
Dios, perdóname por reservar mi mejor trato para quienes pueden darme algo a cambio. Ayúdame a notar a esa persona que ahorita pasa desapercibida cerca de mí. Dame humildad para interrumpir mi prisa y servir sin esperar reconocimiento. Que hoy mi atención llegue primero a quien más la necesita. Amén.



