El Verbo se hizo carne por amor a mí
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. — Juan 1:14 — RVR1960

Cada diciembre desaparecía la mesa del comedor debajo de listas, cajas y papel de regalo. Yo corría de un lado a otro comprando lo que faltaba, envolviendo con lazos brillantes, calculando cuánto rendía el presupuesto. Me gustaba todo eso, no lo voy a negar. Las luces titilando, el olor a canela, la casa llena. Pero una noche, ya tarde, me senté agotada en medio del desorden y me pregunté para qué era tanto.
Me levanté a apagar las luces del árbol. Y ahí, al fondo, casi escondida detrás de una rama, había una figurita del pesebre que mi abuela me heredó. Un niño de barro acostado en un comedero. La tomé en la mano y me quedé quieta.
De pronto entendí que todo lo que yo había armado, los regalos, las guirnaldas, la comida, eran solo envoltura. Bonita, pero envoltura. El verdadero regalo era ese niño diminuto. Dios entrando en piel humana, viniendo a nacer en un lugar humilde, para no dejarme sola.
Y pensé algo que nunca había unido: ese pesebre no era el final de la historia, era el comienzo. El mismo Dios que se hizo bebé en Belén iba a extender los brazos en una cruz. La Navidad y la Pascua eran la misma misión de rescate. Vino a nacer para venir a salvarme.
Me di cuenta de que muchas veces celebro sin recordar a Quién celebro. Corro tanto por adornar la fiesta que dejo al festejado escondido detrás de una rama. Pero esa noche lo volví a encontrar. No en lo brillante, sino en lo humilde. No en lo que yo hacía, sino en lo que Él hizo por mí.
Dejé la figurita al frente, donde se viera. Apagué las demás luces y me quedé un rato en silencio, con ese niño de barro en la palma. No necesitaba nada más. El regalo ya había llegado hace dos mil años, y sigue llegando cada vez que le abro el corazón. Dios con nosotros. Dios conmigo. Esa es la verdadera razón de la Navidad.
Oración
Padre, gracias porque no te quedaste lejos. Gracias porque en la Navidad me muestras hasta dónde llega tu amor: te hiciste pequeño, naciste en un pesebre, viniste a habitar entre nosotros. Perdóname las veces que celebro la fiesta y me olvido de Ti, que corro tanto por los adornos que dejo escondido lo más importante. Ayúdame a quitar las capas de afán y encontrarte de nuevo, sencillo y cercano, como aquel niño en Belén. Recuérdame que ese pesebre fue el comienzo de tu misión de rescate, que desde el establo miraste hacia la cruz por amor a mí. Que esta Navidad no sea solo luces y regalos, sino un encuentro contigo, el verdadero Regalo. Enséñame a poner tu nombre al frente de mi vida, donde todos lo vean. Y que mi corazón agradecido sea el mejor lugar para recibirte. En el nombre de Jesús, el Verbo hecho carne, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué ‘envolturas’ de la Navidad me distraen de recordar a Jesús?
- ¿En qué lugar humilde de mi vida necesito volver a encontrar a Dios hoy?
- ¿Cómo cambia mi celebración saber que el pesebre apunta hacia la cruz?
- ¿De qué manera concreta puedo poner a Cristo ‘al frente’ esta temporada?
- ¿Qué significa para mí que Dios haya venido a habitar entre nosotros?



