En Dios solamente descansa mi alma
En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación. — Salmo 62:1 — RVR1960

Aquel martes no hubo un solo minuto de silencio. Desde que abrí los ojos, la casa fue un torbellino: platos que se acumulaban, una llamada de trabajo que no podía posponer, el timbre, el perro, el celular vibrando sin parar. Cada vez que lograba sentarme, algo nuevo me levantaba de la silla. Para media tarde ya estaba agotada, no solo del cuerpo, sino de algo más adentro.
Me di cuenta de que llevaba semanas persiguiendo el descanso como quien persigue el horizonte. Me decía a mí misma: cuando termine este proyecto, descansaré. Cuando los niños crezcan, descansaré. Cuando la casa esté en orden, cuando pague esa cuenta, cuando la vida por fin se calme. Y la vida nunca se calmaba. Yo esperaba una paz que dependía de circunstancias perfectas que jamás llegaban.
Esa noche, sentada al borde de la cama con el ruido apenas apagándose, abrí el Salmo 62 y leí: «En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación». Me detuve en esa palabra: acallada. No decía que el mundo se acallaría. Decía que mi alma podía acallarse en medio de todo, porque su descanso no venía de afuera, sino de Dios mismo.
Entendí algo que había confundido por mucho tiempo. El descanso del cuerpo lo da una cama. Pero el descanso del alma no lo da el silencio ni el orden ni las cuentas pagadas. Lo da la presencia de Dios. Mi alma fue hecha para Él, y por eso vivía inquieta mientras la anclaba en cosas que se movían.
No dejé de tener responsabilidades. Al día siguiente el ruido volvió puntual. Pero algo cambió por dentro. En medio del torbellino aprendí a hacer una pausa breve y decir: «Descansa, alma mía, solo en Él». Como una niña que se sienta en un campo dorado y mira el cielo abierto, sin apurar nada, dejé de exigirle a la vida una calma que solo Dios puede darme.
El descanso no era un lugar al que llegaría algún día. Era una Persona en quien podía apoyarme hoy mismo, con todo el ruido incluido.
Oración
Padre, vengo cansada de perseguir un descanso que nunca alcanzo. He puesto mi paz en circunstancias que no puedo controlar, y por eso mi alma anda inquieta. Hoy reconozco que fui hecha para ti, y que solo en tu presencia encuentro reposo verdadero. Enséñame a soltar el control, a dejar de esperar que todo se calme para recién entonces respirar. Quiero aprender a acallar mi alma en medio del ruido, sabiendo que tú eres mi roca y mi salvación. Cuando el día me arrastre y las demandas no se detengan, recuérdame que tú no cambias, que estás conmigo, que puedo apoyarme en ti sin temor. Gracias porque tu descanso no depende de mis logros ni de mi perfección, sino de tu fidelidad. Ancla mi corazón en ti. Que aun en los días más agitados, mi alma pueda decir con confianza: en ti solamente descanso. Amén.
Para reflexionar
- ¿Qué circunstancia estoy esperando que se calme antes de permitirme descansar?
- ¿En qué cosas movibles he intentado anclar la paz de mi alma?
- ¿Qué significa para mí acallar el alma en medio del ruido, y no solo callar el ruido?
- ¿Cómo se ve la diferencia entre el descanso del cuerpo y el descanso del alma en mi vida hoy?
- ¿Qué pausa breve puedo hacer mañana para apoyarme en Dios en medio de lo agitado?



