Devocionales

En sus brazos que nunca se cansan

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Él me lleva en sus brazos que nunca se cansan.

Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas. — Isaías 40:11 — RVR1960

Él me lleva en sus brazos que nunca se cansan.

Hubo una temporada en la que me levantaba ya cansada. No era el cansancio de un día largo, sino uno más hondo, de esos que el sueño no arregla. Cada mañana repasaba la lista de todo lo que dependía de mí y sentía que las fuerzas no me iban a alcanzar. Y aun así seguía empujando, como quien pretende que un motor sin gasolina arranque a punta de deseo.

Durante mucho tiempo le pedí a Dios lo mismo: «Señor, dame más fuerzas.» Como si necesitara solo un empujoncito, un poco de energía extra para terminar el trayecto por mí misma. Le pedía combustible cuando lo que en verdad necesitaba era que alguien me cargara.

Una tarde, agotada, me detuve en medio de todo lo que tenía pendiente y no pude más. Me senté y por fin dije lo que llevaba semanas evitando: «Señor, no puedo con esto. No me des más fuerzas. Cárgame tú.» Y en el momento en que solté esa frase, algo cambió por dentro. No fue que las circunstancias se acomodaran de golpe. Fue que dejé de sostener sola un peso que nunca me tocó cargar sola.

Hay una diferencia enorme entre pedir un poco de aliento para seguir caminando y rendirse por completo en unos brazos que no se cansan. Yo había confundido la rendición con el fracaso. Creía que dejar de esforzarme era darme por vencida. Pero descubrí que rendirse en Dios no es tirar la toalla: es confiar tanto que dejo caer todo mi peso sobre Él.

Un pastor no le pide al corderito recién nacido que corra para mantener el paso del rebaño. Lo levanta y lo lleva junto a su pecho. Isaías dice que así es nuestro Dios: pastorea, recoge en sus brazos, lleva con ternura. Y a diferencia de mis brazos, que se agotan, los suyos jamás desfallecen.

Esa tarde entendí que colapsar en Él no era una derrota. Era, por fin, un acto de fe. Le entregué el día entero, y por primera vez en semanas descansé de verdad, no porque el trabajo terminara, sino porque dejé de llevarlo yo sola.

Oración

Padre, vengo cansada, más cansada de lo que quiero admitir. Durante mucho tiempo te pedí solo un poco de fuerzas para seguir sosteniendo todo por mí misma, y hoy me doy cuenta de que no es eso lo que necesito. Necesito que me cargues. No puedo con este peso, Señor, y por fin dejo de fingir que sí. Recíbeme como el pastor recibe al cordero que no puede seguir el paso. Levántame, apóyame contra tu pecho, llévame tú. Gracias porque tus brazos nunca se cansan, nunca desfallecen, nunca me sueltan. Enséñame que rendirme en ti no es fracasar, sino confiar. Que soltar el peso en tus manos no es debilidad, sino la fe más honesta que tengo. Quiero descansar de verdad, no porque todo esté resuelto, sino porque tú lo estás sosteniendo. Te entrego este día entero y me entrego yo. Guíame con tu ternura y llévame donde yo no puedo caminar sola. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida le he estado pidiendo a Dios solo un empujón cuando en realidad necesito que me cargue por completo?
  • ¿Qué peso llevo hoy que nunca me tocó sostener sola?
  • ¿Confundo la rendición con el fracaso? ¿Cómo cambiaría mi descanso si la viera como un acto de fe?
  • ¿Cómo se sentiría dejar caer todo mi peso en los brazos de Dios ahora mismo?
  • ¿Qué me impide creer que sus brazos nunca se cansan?
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