Devocionales

En Tu misericordia confío, Señor

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En Tu misericordia confío, Señor; mi corazón se aferra a Ti aunque no lo entienda.

¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo tendré conflictos en mi alma, con angustias en mi corazón cada día? … Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación. — Salmo 13:1-2, 5 — RVR1960

En Tu misericordia confío, Señor;
mi corazón se aferra a Ti aunque no lo entienda.

Hay preguntas que no tienen respuesta, y aun así seguimos preguntando. Yo también.

Esta semana me senté con una amiga que perdió algo que jamás pensó perder. No voy a contar los detalles, porque el dolor de cada quien tiene un nombre propio y merece respeto. Pero recuerdo que, mientras hablábamos, ella miró por la ventana y dijo algo que se me quedó grabado: «No sé qué sigue. No veo nada adelante. Todo está gris».

Y yo no supe qué decir. No traje un versículo rápido ni una frase para arreglar el momento. Solo me quedé ahí, con ella, dejando que la pregunta existiera. Porque a veces lo más honesto que podemos hacer frente al dolor de otro es no correr a taparlo.

Esa noche abrí el Salmo 13, y me sorprendió lo crudo que es. David no finge estar bien. Grita cuatro veces: «¿Hasta cuándo?». «¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?». No es un salmo de una persona que lo tiene todo resuelto. Es el clamor de alguien que se siente olvidado.

Pero pasa algo hermoso justo antes del final. David no recibe una explicación. Dios no le contesta el «por qué». Y sin embargo, David decide, elige, apoyarse: «Mas yo en tu misericordia he confiado».

No dice «ahora entiendo». Dice «he confiado». Es un acto, no un sentimiento. Es aferrarse a la mano de Dios en la oscuridad, sin ver el camino, sin saber qué viene, solo sabiendo de quién es esa mano.

Quizás tú también cargas hoy una pregunta que nadie te ha respondido. Un «por qué» que te acompaña al despertar. Quiero decirte que no tienes que fingir que ya lo superaste. Puedes traer tu lamento entero delante de Dios, tal como es.

Y al mismo tiempo, en medio de la niebla, puedes susurrar lo que David susurró: «Confío en Tu misericordia». No porque veas la salida, sino porque conoces a Quien te sostiene.

La fe, a veces, no es una declaración segura. Es un «ayúdame a confiar» dicho entre lágrimas. Y esa mano, aunque tiemble, alcanza a tomar la de Dios. Y Él no la suelta.

Oración

Señor, vengo a Ti con la pregunta que no me atrevo a decir en voz alta. Tú sabes cuál es. Sabes el peso que llevo, el vacío que a veces me despierta de noche. No entiendo lo que ha pasado, y no voy a fingir delante de Ti que sí.

Como David, quiero clamar «¿hasta cuándo?». Y Tú me escuchas sin apurarme, sin exigirme que ya esté bien. Gracias porque puedo traerte mi lamento completo, sin maquillarlo.

Pero también, en medio de esta niebla, quiero elegir aferrarme a Ti. No porque vea el camino, sino porque Tú eres bueno aunque yo no lo sienta hoy. Ayúdame a confiar en Tu misericordia. Sostén mi mano cuando la mía tiembla y no alcanza a agarrarse fuerte.

No te pido que me expliques todo. Te pido que no me sueltes. Que en lo oscuro yo sepa que Tú estás, que no me has olvidado, que Tu amor sigue aquí aunque el horizonte esté gris.

En Tu misericordia confío, Señor. Ayúdame a seguir confiando. Amén.

Para reflexionar

  • ¿Cuál es el «por qué» que cargas hoy y que aún no ha recibido respuesta?
  • ¿Qué te cuesta más: expresarle tu lamento a Dios o volver a confiar en Él?
  • David clamó y aun así eligió confiar. ¿Qué significaría para ti «aferrarte» a Dios sin ver el camino?
  • ¿Hay alguien a tu lado que necesita que te sientes con su dolor sin apurarte a arreglarlo?
  • Escribe tu propio susurro de confianza, aunque tiemble, en una sola frase honesta.
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