Devocionales

Es necesario orar siempre, y no desmayar

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Es necesario orar siempre, y no desmayar.

También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar. — Lucas 18:1 — RVR1960

Es necesario orar siempre, y no desmayar.

Tengo que confesarlo: mi vida de oración se parece más a una gotera que a un río. Empiezo con entusiasmo, oro tres días seguidos, y al cuarto se me olvida. Vuelvo, me distraigo, me canso. A veces oro por algo tan grande que, cuando pasan las semanas y no veo nada, la voz dentro de mí susurra: «Déjalo ya. No va a pasar. Estás hablando con una puerta cerrada».

Esa imagen me perseguía. Yo tocando, tocando, y del otro lado, silencio. Y cada silencio me daba una razón más para bajar la mano.

Esta semana una mujer de mi congregación me contó, casi de paso, que había pedido lo mismo a Dios durante años. Años enteros. La misma oración, gastada de tanto repetirla, por una persona que ella amaba y que se había alejado de todo lo bueno. «¿Y no te cansaste?», le pregunté, pensando en mí. Ella sonrió y me dijo algo que no he podido soltar: «Claro que me cansé. Pero cansarse no es lo mismo que rendirse. Yo seguía tocando la puerta aunque no oyera nada. Y un día la puerta se abrió».

Me fui a casa y abrí la Biblia en Lucas. Ahí estaba Jesús contando una parábola con un propósito escrito en la primera línea: enseñarnos que es necesario orar siempre, y no desmayar. No dijo «oren cuando sientan ganas». No dijo «oren si ven resultados rápido». Dijo siempre. Y añadió esa palabra tierna, desmayar, como quien conoce nuestro cansancio de adentro.

Entendí algo esa noche. La puerta no está cerrada porque Dios sea sordo. Nuestro tocar insistente no es para convencerlo a Él; es para mantener despierto nuestro propio corazón, para que la fe no se apague mientras esperamos. Cada oración que repito, aunque me parezca la misma de ayer, es un ladrillo más que Dios va poniendo en silencio.

Hoy vuelvo a tocar. No sé cuándo se abrirá lo que le pido, pero sé que mi Padre está del otro lado, y que ninguna de mis oraciones cae al vacío. La oración cambia las cosas, y a veces lo primero que cambia es al que ora.

Oración

Padre, vengo cansado, y Tú lo sabes. Sabes cuántas veces he empezado a orar con fuerza y he terminado callando, dejando caer los brazos. Perdóname por confundir el silencio con Tu ausencia. Perdóname las veces que solté la puerta cuando Tú estabas del otro lado, obrando en secreto.

Enséñame a orar siempre y a no desmayar. No quiero orar solo cuando veo resultados rápidos; quiero aprender a tocar Tu puerta con la confianza de un hijo, aunque tarde en abrirse. Sostén mi fe cuando pasen los días, las semanas, los años. Que mi constancia no dependa de mis fuerzas, sino de Tu fidelidad.

Pongo hoy en Tus manos aquella oración que casi abandono. La vuelvo a levantar delante de Ti. Tú sabes lo que necesito antes de que yo lo pida, y sé que ninguna palabra dicha a Ti se pierde. Mantén despierto mi corazón mientras espero. Y si lo primero que cambias eres a mí, Señor, bendito seas también por eso. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Hay una oración que casi abandono porque tardó en responderse? ¿Puedo volver a levantarla hoy?
  • ¿Qué diferencia hay entre cansarme y rendirme en mi vida de oración?
  • ¿En qué momentos siento que oro a una puerta cerrada, y qué me dice Lucas 18:1 sobre eso?
  • ¿Cómo ha cambiado Dios mi propio corazón en las esperas largas?
  • ¿A quién podría animar esta semana a seguir orando y no desmayar?
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