Devocionales

Fiel ayer, fiel hoy, fiel para siempre

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El Dios que fue fiel ayer sigue siendo fiel conmigo hoy.

Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones. — Deuteronomio 7:9 — RVR1960

El Dios que fue fiel ayer
sigue siendo fiel conmigo hoy.

El domingo pasado asistí al bautizo de mi sobrina. La iglesia estaba llena de gente que yo apenas recordaba: tías de voz alegre, primos que crecieron sin que yo lo notara, un par de niños pequeños que no dejaban de correr entre las bancas mientras sus mamás intentaban alcanzarlos. Había risas, mangas manchadas de jugo, un bebé que lloró justo cuando el pastor pedía silencio. Todo era hermoso y desordenado a la vez.

Y en medio de ese ruido tierno, hubo un instante que me detuvo. El pastor tomó agua entre sus manos y dijo el nombre de la niña, el mismo gesto que se ha repetido en esa congregación durante generaciones. Miré las paredes, gastadas por los años, y pensé en cuántas oraciones habrán subido desde ahí. Cuántas familias trajeron a sus hijos, cuántas personas lloraron y agradecieron en ese mismo lugar. El Dios que las escuchó a todas era el mismo que estaba con nosotros esa mañana.

Ese pensamiento me alcanzó como un abrazo. Yo venía cargando una semana difícil, con un lunes que ya se sentía pesado desde el domingo. Pero ahí entendí algo sencillo: si Dios fue fiel a mi abuela, a mi madre, a los que oraron en esas bancas hace muchísimo tiempo, también será fiel conmigo. Su amor no se cansa. No se agota con las generaciones ni con los años.

Deuteronomio 7:9 dice que Dios guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones. Mil. Es como decir para siempre. No es un amor que dependa de que yo lo merezca o de que mi semana salga bien. Es un amor que ya estaba antes de mí y que seguirá después.

Salí de la iglesia con la niña dormida en brazos de su mamá, todavía con manchas de jugo en el vestido, todavía con risas en el aire. Y el lunes llegó, sí, con su peso de siempre. Pero yo lo recibí distinto. Porque el mismo Dios que sostuvo esas paredes por tanto tiempo, me sostiene a mí hoy. No cambia. No se olvida. No se va.

Oración

Señor, gracias porque tu fidelidad no depende de mí. Gracias porque el amor con que cuidaste a los que oraron antes que yo es el mismo amor con que me cuidas hoy. En las semanas pesadas, cuando el lunes se siente cuesta arriba, recuérdame que tú no cambias. Tú guardas tu pacto y tu misericordia por mil generaciones, y yo estoy dentro de ese abrazo tan largo. Perdóname cuando dudo de ti como si empezaras de cero cada mañana. Tú ya has sido fiel mil veces, y lo serás mil veces más. Ayúdame a descansar en eso. Que no tenga que cargar sola lo que tú ya prometiste sostener. Cuando mire hacia atrás, que vea tu mano en cada tramo del camino, y que esa memoria me dé valor para lo que viene. Eres el Dios fiel, ayer, hoy y siempre. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué momento de mi pasado puedo ver, ahora, que Dios fue fiel aunque yo no lo notara entonces?
  • ¿Qué peso estoy cargando hoy como si Dios tuviera que empezar de cero conmigo?
  • ¿Cómo cambia mi semana saber que el amor de Dios ya estaba antes de mí?
  • ¿A quién de mi familia o mi historia le fue fiel Dios, y qué me enseña eso?
  • ¿Qué necesito confiarle a Dios creyendo que será fiel también en esto?
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