Devocionales

Firme estaré, porque el Señor me sostiene

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Firme estaré, porque el Señor me sostiene.

Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano. — 1 Corintios 15:58 — RVR1960

Firme estaré, porque el Señor me sostiene.

El día que aprendí a nadar en el río, mi tío me llevó a un lugar donde la corriente empujaba con fuerza. Yo tenía nueve años y me temblaban las piernas. «Planta bien los pies en las piedras del fondo», me dijo. «El agua va a empujarte, pero si estás firme, no te va a llevar.»

Recuerdo la sensación exacta. El agua corría contra mí, insistente, buscando arrastrarme río abajo. Todo a mi alrededor se movía: las hojas, la espuma, hasta los peces pasaban rozándome. Y yo, en medio de todo aquel movimiento, estaba quieta. No porque fuera fuerte, sino porque mis pies habían encontrado una roca que no se movía.

Durante años pensé que ser fuerte era luchar, agitarse, empujar de vuelta. Que quedarse quieto era rendirse. Pero aquel día entendí otra cosa: a veces la mayor valentía es no moverte cuando todo te empuja a hacerlo. Mantenerte donde Dios te puso, aunque la corriente te grite que corras.

He pasado por temporadas en las que la vida entera parecía empujarme. El miedo tiraba de un lado, las opiniones de otro, las circunstancias de otro más. Mi primer instinto siempre fue moverme, hacer algo, cualquier cosa, para no sentirme arrastrada. Pero he descubierto que mi fuerza no está en mi agitación. Está en la roca bajo mis pies.

El apóstol Pablo lo dijo con palabras que hoy me sostienen: «Estad firmes y constantes, nada os haga moverse.» No me pidió que empujara más duro. Me pidió que me quedara firme sobre un fundamento que no soy yo. Porque yo no soy la roca; solo soy la que se para sobre ella.

Hoy sé que estar firme no es pasividad. Es confianza en acción. Es plantar los pies donde Dios me llama y decir: aquí me quedo, aunque tiemble. La corriente puede seguir corriendo. Puede empujar y rugir todo lo que quiera. Yo estaré quieta, no porque sea invencible, sino porque el que me sostiene lo es.

Y cuando la corriente por fin cede, descubro que sigo de pie. No por mi esfuerzo. Por la roca que nunca se movió.

Oración

Señor, tú sabes cuántas veces me empuja la vida. El miedo tira de mí, las prisas me arrastran, las voces de afuera me dicen que corra. Y mi primer instinto siempre es moverme, hacer algo, agitarme para no sentirme perdida. Hoy quiero aprender de nuevo a estar firme sobre ti.

Enséñame que la verdadera fortaleza no es empujar más duro, sino plantar mis pies en tu fidelidad. Tú eres la roca que no se mueve cuando todo lo demás se sacude. Ayúdame a confiar en ese fundamento y no en mis propias fuerzas.

Dame la valentía de quedarme quieta cuando la corriente me grita que huya. Dame la fe de creer que me sostienes, aunque tiemble. Y cuando pase la tormenta, que descubra que sigo de pie, no por mi esfuerzo, sino por tu mano firme debajo de mí.

Gracias porque no me pides que sea invencible. Solo me pides que me pare sobre ti. Aquí me quedo, Señor. Sostenme. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué corriente está empujándote hoy a moverte cuando quizá Dios te llama a quedarte firme?
  • ¿En qué has estado apoyando tu fortaleza: en tu propio esfuerzo o en la roca que es Dios?
  • Recuerda una temporada en la que permaneciste firme. ¿Qué te sostuvo realmente?
  • ¿Qué significaría para ti hoy plantar los pies y decir: aquí me quedo, aunque tiemble?
  • ¿Qué verdad sobre Dios necesitas repetirte cuando el miedo te dice que corras?
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