Devocionales

Jehová es mi roca y mi fortaleza

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El Señor es mi roca y mi fortaleza: en Él estoy seguro.

Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. — Salmo 18:2 — RVR1960

El Señor es mi roca y mi fortaleza:
en Él estoy seguro.

Cuando era niña, mi lugar favorito del mundo cabía debajo de la mesa del comedor. Con una sábana vieja y dos sillas armaba una casita, y adentro me sentía invencible. Afuera podía haber truenos, discusiones de los grandes o el ruido de la calle que me daba miedo; pero adentro, con mi almohada y una linterna, nada me alcanzaba. Recuerdo que le decía a mi hermano: «Aquí no entran los monstruos».

Hace poco volví a acordarme de aquella casita de sábana. Estaba pasando por una temporada difícil, de esas donde uno no sabe qué va a pasar mañana. Todo parecía inestable: el trabajo, la salud de alguien que amo, hasta mis propias fuerzas. Me sentía otra vez como esa niña pequeña frente a un mundo demasiado grande. Y me di cuenta de algo: durante meses había estado tratando de ser mi propia fortaleza. Apretaba los dientes, hacía listas, controlaba lo que podía. Y estaba agotada.

Esa noche abrí el Salmo 18 y leí las palabras de David: «Jehová, roca mía y castillo mío». David no las escribió desde un lugar cómodo. Las escribió después de años huyendo, escondiéndose, sintiéndose acorralado. Y sin embargo, en medio de todo eso, descubrió que su verdadera seguridad nunca fueron las cuevas donde se ocultaba, ni su propia astucia, ni su espada. Su refugio era Dios mismo.

Entendí que ser pequeña no es el problema. El problema es querer ser la roca cuando ya hay una Roca que no se mueve. Una fortaleza no me pide que sea fuerte; me pide que entre. Que me deje proteger. Que descanse detrás de muros que yo no construí y que nada puede derribar.

Esa noche dejé de intentar sostenerlo todo. Cerré los ojos y me imaginé de nuevo debajo de aquella mesa, pequeña y a salvo, pero esta vez sabiendo quién era el que sostenía las paredes. No era una sábana. Era Dios. Y por primera vez en semanas, dormí tranquila, porque quien me guarda no se cansa ni se derrumba.

Oración

Señor, tú eres mi roca y mi fortaleza. Vengo cansada de intentar ser fuerte por mi cuenta, de cargar cosas que nunca fueron mías para sostener. Reconozco que soy pequeña frente a lo que enfrento, y que muchas veces el miedo me hace apretar los puños en lugar de correr hacia ti.

Gracias porque no me pides que sea invencible, sino que me esconda en ti. Tú eres el muro que no se agrieta, el castillo que nadie puede derribar, el libertador que me saca de los lugares donde me siento atrapada. En ti encuentro descanso para el alma y valor para el nuevo día.

Hoy elijo entrar en tu refugio. Suelto el control que no me correspondía. Confío en que tus paredes sostienen aunque yo tiemble. Dame la paz de un niño que duerme seguro porque sabe que alguien más vela. Que en cada temporada de incertidumbre recuerde que mi seguridad no depende de mis fuerzas, sino de tu presencia fiel. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida he estado tratando de ser mi propia fortaleza?
  • ¿Qué miedo específico necesito llevar hoy al refugio de Dios?
  • ¿Cómo sería mi día si de verdad creyera que Dios sostiene las paredes por mí?
  • ¿Qué significa para mí, en concreto, que Dios sea mi roca inconmovible?
  • ¿Qué peso puedo soltar hoy porque no me correspondía cargarlo?

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