Jehová fortalece tu corazón
Espera en Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera en Jehová. — Salmo 27:14 — RVR1960

Mi hija pequeña aprendió a andar en bicicleta el verano pasado. Al principio yo corría detrás de ella, con una mano en el asiento, sosteniéndola mientras pedaleaba. Ella sabía que yo estaba ahí porque sentía mi mano y escuchaba mi voz: «Sigue, sigue, lo estás haciendo bien».
Un día decidí soltarla sin avisarle. Seguí corriendo a su lado, pero ya no la tocaba y me quedé en silencio. Ella pedaleaba sola, sin saber que iba sola. Cuando por fin miró hacia atrás y vio que mi mano no estaba, no se cayó. Siguió andando. En ese silencio, en esa distancia que yo había puesto a propósito, su propio equilibrio se había vuelto fuerte.
Pienso en eso cuando le pido a Dios una respuesta y solo encuentro quietud. Hubo una temporada en que oré por una decisión que me quitaba el sueño, y día tras día no llegaba ninguna señal. Me sentía como esa niña pedaleando sin sentir la mano en el asiento, segura de que me iba a caer en cualquier momento.
Pero no me caí. Y con el tiempo entendí algo: el silencio de Dios no siempre me estaba abandonando. A veces me estaba fortaleciendo. Era su mano soltándome a propósito, no para dejarme sola, sino para que mi propio corazón aprendiera a sostenerse en su fidelidad, no solo en sus palabras.
El salmista escribió: «Espera en Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón». Me llama la atención que repita la idea dos veces, como quien se lo dice a sí mismo hasta creerlo. Esperar no es quedarse paralizado. Es un trabajo del corazón: elegir confiar mientras no veo, dejar que la fe crezca justo donde antes solo había miedo.
Hoy sé que Dios no me suelta para que me pierda. Me suelta para que descubra que ya me sostiene. Y en esa espera, sin darme cuenta, mi corazón se vuelve más fuerte de lo que era cuando sentía su mano en cada momento.
Oración
Padre, hay días en que te hablo y no escucho tu voz, y mi corazón se encoge pensando que te has olvidado de mí. Enséñame a entender que tu silencio no es tu ausencia. Que cuando parece que me sueltas, en realidad me estás enseñando a confiar más profundo. Fortalece mi corazón en la espera. Dame el valor de seguir pedaleando aun sin sentir tu mano, porque sé que corres a mi lado. Quita de mí la prisa que confunde tu calma con abandono. Que aprenda a esperar no con los brazos caídos, sino con el corazón firme, creyendo que me oyes aunque calles. Gracias porque nunca me dejas sola, y porque hasta en tu silencio estás obrando para mi bien. Haz crecer mi fe en esta quietud, Señor, y que al final de la espera descubra que todo este tiempo me sostenías. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida siento el silencio de Dios ahora mismo?
- ¿He confundido alguna vez la calma de Dios con su ausencia? ¿Qué aprendí?
- ¿Qué significaría para mí dejar que mi corazón se fortalezca mientras espero?
- ¿Cómo cambia mi espera si creo que Dios me está preparando y no olvidando?
- ¿Qué paso concreto de fe puedo dar hoy, aun sin ver una respuesta clara?
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