Devocionales

Jesús es el Señor

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Jesús es el Señor, en domingo y en martes por la mañana.

Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. — Filipenses 2:10-11 — RVR1960

Jesús es el Señor,
en domingo y en martes por la mañana.

Esta mañana el despertador sonó tarde, como suele pasar cuando más lo necesito temprano. Puse la cafetera con una mano mientras con la otra buscaba las llaves que juraba haber dejado en la mesa. El pan se quemó un poco, el celular vibraba con mensajes que no alcancé a leer, y por la ventana entraba una luz gris que no invitaba a nada. En medio de ese pequeño caos de siempre, me sorprendí murmurando: «Señor, ¿dónde estás en todo esto?».

Y apenas lo dije, algo se acomodó por dentro. Porque la pregunta no era dónde estaba Él. Yo sé bien que Dios reina. El domingo lo canto con ganas, levanto las manos, digo amén con el corazón encendido. El problema no es que se me olvide que Jesús es el Señor. El problema es que, entre semana, se me olvida mirar hacia arriba y recordarlo.

Su señorío no es algo que yo instale con mi devoción, ni un trono que yo le concedo cuando por fin tengo tiempo. Él ya está sentado en él. Estaba allí mientras se quemaba el pan y mientras yo buscaba las llaves. No lo perdí en el ruido de la mañana; simplemente dejé de levantar los ojos.

Pablo lo dice de una manera que me deja sin aliento: ante el nombre de Jesús se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará que Él es el Señor. Toda. No solo la mía el domingo. También la de esta cocina desordenada, la de este lunes cansado, la del corazón distraído que apenas se acuerda de respirar hondo.

Así que dejé la taza sobre la mesa, cerré los ojos un momento y, sin música ni templo, simplemente reconocí: Tú eres el Señor. No necesité arreglar nada primero. La adoración no era el premio por un día ordenado; era la manera de volver a ver quién sostiene el día entero.

Levanté los ojos. Él seguía en el trono, como siempre. Y la mañana, aunque igual de apurada, dejó de sentirse mía y volvió a ser suya.

Oración

Señor Jesús, Tú eres el Señor. No te instalo yo con mi adoración ni te concedo el trono cuando por fin tengo tiempo; Tú ya reinas, aunque yo ande distraído entre el ruido de mis mañanas. Perdóname por creer en ti sin mirar hacia arriba, por vivir como si tu señorío fuera solo asunto de domingo. Enséñame a reconocerte en la cocina, en el trabajo, en las prisas y en el cansancio. Que ante tu nombre se doble mi rodilla no por obligación, sino por gozo; que mi lengua te confiese Señor en lo grande y en lo pequeño. Cuando me pierda en las tareas del día, hazme levantar los ojos y recordar que Tú nunca dejaste el trono. Que mi adoración no espere a que todo esté ordenado, sino que sea la forma en que vuelvo a verte. Recíbeme hoy, tal como estoy, con las manos abiertas. Tú eres el Señor, y descansar en eso lo cambia todo. Amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué momento de mi semana suelo olvidar que Jesús ya está en el trono?
  • ¿Espero a que mi día esté ordenado para adorar, o puedo hacerlo en medio del ruido?
  • ¿Qué significa para mí que su señorío no depende de mi devoción, sino que ya es real?
  • ¿Cómo sería ‘levantar los ojos’ hoy, en lo concreto de mis tareas?
  • ¿Hay algo que aún no he entregado a su señorío entre semana?
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