La fe crece cada vez que confío en Dios
Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. — Hebreos 11:1 — RVR1960

Mi vecina toca el piano como si sus manos supieran el camino de memoria. Un domingo la escuché acompañar los himnos sin mirar las teclas, sonriendo, tranquila, como si fuera lo más fácil del mundo. Le dije que envidiaba ese don. Ella se rió. «¿Don? Llevo cuarenta años sentándome frente al piano casi todas las mañanas. Hubo años en que solo tocaba escalas y me equivocaba mucho.»
Me quedé pensando en eso toda la semana. Yo siempre había creído que la fe era como un color de ojos: se tiene o no se tiene. Y como la mía me parecía tan pequeña, tan temblorosa, concluía que a mí simplemente no me había tocado esa medida grande que otros parecían llevar por dentro.
Pero la fe no es un talento con el que se nace. Se parece más a esas manos sobre el piano. Se ejercita. Se fortalece con cada pequeña decisión de confiar, y se debilita cuando la dejamos guardada.
La ansiedad me visita a menudo. A veces se despierta antes que yo, apretándome el pecho por cosas que ni siquiera han pasado. Y he descubierto algo sencillo: cada vez que, en medio del miedo, elijo entregarle a Dios lo que me quita el sueño, algo dentro de mí se afirma un poquito más. No desaparece la ansiedad de golpe. No siempre gano. Hay mañanas en que el temor toca más fuerte que mi confianza. Pero al día siguiente vuelvo a sentarme, por decirlo así, frente al mismo piano.
La Escritura dice que la fe es «la certeza de lo que se espera». Certeza no es la ausencia de dudas; es una convicción que se construye. Cada oración susurrada en la oscuridad, cada «Señor, en ti confío» dicho con voz temblorosa, es una nota más en una melodía que Dios está afinando en nosotros.
Así que si tu fe hoy te parece pequeña, no te condenes. No naciste con ella terminada. Vas a caminar por el sendero un paso a la vez, y cada paso de confianza te hará más fuerte. Dios no espera a un experto. Espera a un hijo dispuesto a practicar otra vez mañana.
Oración
Señor, gracias porque no me pides una fe perfecta, sino un corazón dispuesto a confiar de nuevo. Confieso que muchas veces el miedo me gana. Hay noches en que la ansiedad es más ruidosa que mi confianza, y me siento como alguien que apenas empieza a aprender. Ayúdame a entender que tú no me mides por el tamaño de mi fe, sino por hacia quién la dirijo. Enséñame a practicar la confianza en las cosas pequeñas de cada día: en las cuentas que no cuadran, en las esperas que se alargan, en las preocupaciones que no me dejan dormir. Cada vez que quiera aferrarme al temor, recuérdame que puedo elegir aferrarme a ti. Fortalece mi fe una decisión a la vez, como quien ejercita un músculo cansado. Y en los días en que caiga, dame la gentileza de volver a empezar sin condenarme. Gracias porque tú eres fiel aunque mi fe tiemble. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida he creído que ‘simplemente no tengo suficiente fe’? ¿Cómo cambia verla como algo que se ejercita?
- ¿Cuál es la preocupación que más me quita el sueño hoy? ¿Cómo sería entregársela a Dios en una pequeña decisión concreta?
- Recuerdo una vez en que elegí confiar en medio del miedo. ¿Qué pasó en mí después?
- ¿Qué ‘nota pequeña’ de confianza puedo practicar mañana en la mañana?
- ¿Qué me impide volver a empezar cuando siento que el temor me ganó?



