Parábolas Para El Alma

La lección de humildad que jamás olvidará el orgulloso

3 min de lectura
La vasija del orgulloso

La vasija del orgulloso

“Un hombre orgulloso iba cada mañana a la fuente con su vasija de barro. Su desprecio por un vecino pondrá a prueba lo que cree de sí mismo.”

🎧 Escucha la reflexión

En una plaza pequeña había una fuente de piedra adonde los vecinos iban cada mañana a llenar sus vasijas de barro. Entre ellos vivía un hombre orgulloso, conocido por tener la voz firme y la mirada dura. Él se sentía mejor que los demás, y nunca perdía la ocasión de señalar los defectos ajenos.

Una mañana, mientras llenaba su vasija, vio que la de su vecino tenía una grieta fina en un costado. El agua se escapaba gota a gota y dejaba un rastro húmedo en las piedras. El hombre orgulloso lo señaló delante de todos y se rió en voz alta.

—Miren qué descuidado. Ni siquiera puede cuidar una simple vasija. ¿Cómo va a cuidar algo importante?

Días antes, ese mismo vecino, sin querer, había golpeado la puerta del hombre orgulloso y le había roto una maceta. El vecino fue apenado a buscarlo y le dijo con sinceridad:

—Perdóname, fue mi torpeza. Déjame reponerte la maceta.

Pero el hombre orgulloso no quiso aceptar la disculpa. Le gustaba demasiado tener un motivo para sentirse superior.

—No —respondió con frialdad—, lo que está roto, roto queda.

Quería quedar como el único justo, el único que nunca fallaba.

Aquella mañana junto a la fuente, para humillarlo aún más, el hombre levantó su propia vasija en alto y exclamó:

—Así se cuida lo de uno. La mía está perfecta, sin una sola falla.

Pero al alzarla a la luz del sol, todos vieron lo que él no había notado. Por debajo del borde, su vasija también tenía una grieta fina, y de ella caía un hilo delgado de agua que le mojó la mano y el brazo delante de todos. El hombre se quedó callado, con la cara roja, mientras el agua seguía goteando.

El vecino al que había despreciado no se rió. Solo se acercó, le ayudó a bajar la vasija y le dijo en voz baja:

—A todos se nos rompe algo, amigo. Por eso venimos juntos a la misma fuente.

En ese momento el hombre orgulloso comprendió todo lo que había estado evitando ver.

Moraleja: cuántas veces nosotros, como aquel hombre, señalamos la grieta del otro mientras cargamos la nuestra escondida bajo el borde. El orgullo toma una falta pequeña, una maceta rota, una palabra torpe o una torpeza ajena, y la convierte en una deuda que nunca queremos perdonar, porque mientras el otro está en falta nosotros nos sentimos los justos. Pero todos llegamos a la misma fuente con vasijas agrietadas. Quien recuerda sus propias grietas deja de usar el orgullo como juez y aprende a perdonar. Esa disculpa sincera que hoy te cuesta aceptar quizás sea la misma que mañana tú vas a necesitar pedir; no esperes a que tu vasija gotee delante de todos para entenderlo.

Versículo

No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. – Lucas 6:37

Reto para hoy

Esta semana, cuando alguien en casa o en el trabajo cometa una torpeza y te pida perdón, no uses su falta para quedar por encima. ¿A quién sigues cobrando una deuda pequeña como si fuera enorme? Hoy escríbele o búscalo, dile una frase concreta: «acepto tu disculpa», y suelta el reclamo antes de dormir.

Oración

Dios, muéstrame el orgullo que aparece cuando señalo la falla de otra persona. Perdóname por usar errores pequeños para sentirme más justo. Dame humildad para aceptar la disculpa que me cuesta y valor para soltar ese reclamo hoy. Ayúdame a recordar mis propias grietas antes de juzgar. Amén.

Compartir artículo:
https://renuevo.com/la-leccion-de-humildad-que-jamas-olvidara-el-orgulloso.html

Deja un comentario