La paz de Cristo calma mi tormenta
Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. — Marcos 4:39 — RVR1960

Esta mañana estaba sentada a la mesa mientras mi hija me contaba algo sobre su día. Yo asentía, decía «ajá», sonreía en los momentos correctos. Pero la verdad es que no estaba ahí. Mi cuerpo ocupaba la silla, y mi mente andaba muy lejos, repasando una lista que no dejaba de crecer.
Y lo curioso es que ninguna de esas cosas era grave. No era una crisis, no era una tragedia. Era una gotita, y otra, y otra: una llamada que no devolví, un pago que tenía que resolver, algo que prometí y no cumplí, una preocupación pequeña que se sumaba a otra pequeña. Ninguna lo bastante grande como para asustarme sola. Pero todas juntas hacían un ruido de lluvia constante dentro de mí, y ese ruido me robaba del único lugar donde de verdad quería estar: presente, con mi hija, en esa mesa.
Pensé en aquella noche en la barca, cuando los discípulos despertaron a Jesús aterrados. No los regañó por molestarlo con una tormenta. Se levantó, miró el mar entero y dijo: «Calla, enmudece». Y el viento cesó, y hubo grande bonanza.
Me detuve en algo: Jesús no calmó una ola a la vez. Calmó el mar completo, de golpe. Y entendí que yo no tengo que decidir cuál de mis preocupaciones es «suficientemente grande» para llevarla a Él. No tengo que ordenar mi lista antes de orar. Puedo entregársela entera, así, revuelta y pequeña como es, y confiar en que Él aquieta todo el mar de una sola vez.
Cerré los ojos un momento y le entregué la tormenta completa. No para que la lista desapareciera, sino para que mi mente volviera a la silla, a la mesa, a la voz de mi hija.
Volví a mirarla. «Cuéntame otra vez», le dije. Y esta vez sí la escuché. La lista seguía ahí, pero el ruido se había callado. Cristo había hablado a mi mar, y por fin estaba presente, en calma, justo donde Dios me quería.
Oración
Señor Jesús, tú que calmaste el mar con una palabra, ven y aquieta la tormenta de mi corazón. Sabes que muchas veces no es una gran crisis lo que me roba la paz, sino mil preocupaciones pequeñas que llegan juntas como gotas de lluvia. Gracias porque no tengo que elegir cuál es lo bastante importante para traerte. Puedo entregártelas todas a la vez, revueltas como están. Calla el ruido que me tiene ausente aunque mi cuerpo esté presente. Quiero estar aquí, en este cuarto, con quienes amo, escuchando de verdad. No te pido una lista vacía, sino una mente serena. Ayúdame a soltar el afán y a descansar en tu bonanza. Que tu paz, esa que sobrepasa todo entendimiento, guarde mi corazón y mis pensamientos. Cuando el viento vuelva a soplar, recuérdame que basta tu voz para que haya gran calma. En tu nombre confío y descanso. Amén.
Para reflexionar
- ¿Qué pequeñas preocupaciones se han acumulado hoy en mi mente sin que ninguna parezca ‘suficientemente grande’?
- ¿En qué momentos estoy presente de cuerpo pero ausente de mente con las personas que amo?
- ¿Qué significa para mí que Jesús calma el mar entero de una sola vez y no ola por ola?
- ¿Qué lista completa quiero entregarle a Dios ahora mismo, sin ordenarla primero?
- ¿Cómo sería mi día si buscara una mente serena en vez de una lista vacía?



