Los pensamientos de Dios son más altos que los míos
Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. — Isaías 55:9 — RVR1960

Esta mañana miré por la ventana y todo estaba gris. Una llovizna fina cubría los techos, y sentí que ese cielo apagado era lo único que existía. Así había estado también mi corazón las últimas semanas: cargado, nublado, convencido de que nada iba a cambiar.
Mi hija pequeña se subió a mi regazo con un dibujo. Había pintado un sol enorme y amarillo sobre unas nubes gordas. «Mamá, el sol está detrás de las nubes. Aunque no lo veas, ahí sigue.» Lo dijo con la calma de quien no duda. Yo asentí, pero por dentro pensé: ojalá yo pudiera creerlo así de fácil.
Entonces recordé algo. Cuando uno vuela en avión un día lluvioso, despega entre gris y turbulencia. Por unos minutos solo hay niebla en las ventanillas. Pero de pronto la nave rompe la capa de nubes y aparece un sol brillante, intacto, que estuvo brillando todo el tiempo. El sol nunca se apagó. Lo que cambió fue la altura desde donde yo miraba.
Me di cuenta de que eso es exactamente lo que Dios hace conmigo. Yo miro mi situación pegada al suelo, y desde aquí abajo todo parece cerrado. Pero Él ve desde una altura que yo no tengo. Ve el final de esta temporada. Ve el fruto que esta espera está formando. Ve caminos que yo ni imagino.
«Porque como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos», dice el Señor. No me lo dice para regañarme por no entender. Me lo dice para consolarme. Yo no tengo que ver todo el panorama; me basta con confiar en Quien sí lo ve.
Lo hermoso es que Jesús no se quedó allá arriba mirando mi gris de lejos. Bajó hasta mi nube, entró en mi llovizna, y desde adentro me toma de la mano para levantarme los ojos. No me pide que finja que el día es soleado. Me pide que recuerde que, por encima de estas nubes, la luz nunca dejó de brillar.
Hoy elijo creer lo que mi hija ya sabía. El sol sigue ahí. Y mi Dios, que ve más alto y más lejos, tiene guardada una esperanza que todavía no alcanzo a ver.
Oración
Señor, hoy vengo con un corazón nublado. Desde donde estoy, veo poco, y muchas veces confundo mi capa de nubes con todo el cielo. Perdóname cuando dudo de tu bondad solo porque no entiendo tus caminos. Gracias porque tus pensamientos son más altos que los míos, y porque desde tu altura ves lo que a mí se me escapa: el final de esta temporada, el fruto que estás formando, la salida que todavía no distingo. Gracias porque no me miras de lejos, sino que en Jesús bajaste hasta mi gris para levantarme los ojos. Ayúdame a confiar aun cuando no vea el sol. Enséñame a descansar en tu perspectiva y no en mis miedos. Cuando la llovizna me quiera convencer de que no hay esperanza, recuérdame que la luz sigue brillando por encima de las nubes. Levanta mi mirada, Padre. Dame fe para creer que Tú ves, que Tú guías y que Tú tienes preparado un camino que mis ojos aún no alcanzan. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué situación estoy mirando hoy solo desde el suelo, convencida de que el gris es todo lo que hay?
- ¿En qué momentos de mi vida descubrí después que Dios veía algo que yo no podía ver entonces?
- ¿Qué cambiaría en mi día si de verdad creyera que la luz sigue brillando por encima de mis nubes?
- ¿Cómo puedo confiar en los caminos de Dios aun sin entenderlos por completo?
- ¿Qué esperanza concreta le quiero pedir a Dios que levante en mi corazón hoy?



