Mi Dios es más grande que mi angustia
Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra. — Salmo 121:1-2 — RVR1960

Anoche me desperté a las dos de la madrugada, y sin pedir permiso, una preocupación se sentó justo encima de mí. La cuenta que no sé cómo voy a pagar. La conversación pendiente. El diagnóstico que espera respuesta. Ahí, en la oscuridad, esa sola cosa creció hasta tapar todo el techo, todo el cielo, todo lo demás. Era lo único que podía ver.
Esa misma tarde había vivido algo curioso con mi sobrino. Estábamos armando un rompecabezas grande sobre la mesa, y él acercó tanto la cara a una pieza que ya no distinguía nada. «Tía, no encuentro dónde va», me decía, casi pegado al cartón. «Aléjate un poco», le dije. Se echó para atrás en la silla, miró el conjunto entero, y de repente: «¡Ah! ¡Aquí está!». La pieza no cambió de tamaño. Solo cambió la distancia desde la que la miraba.
A las dos de la madrugada me acordé de él. Y entendí que yo estaba haciendo lo mismo con mi angustia: pegada a ella, tan cerca que llenaba todo mi campo de visión. Parecía inmensa porque yo estaba parada justo debajo, con la cabeza inclinada hacia atrás, sin ver nada más.
Entonces hice lo que dice el salmo. Alcé mis ojos. No para negar el peso, porque el peso es real y no voy a fingir que no lo siento. Lo alcé para ponerme al lado de Aquel que hizo el cielo y la tierra. Y desde ese lugar nuevo, la preocupación no desapareció, pero volvió a su tamaño verdadero. Seguía estando ahí, pero ya no era más grande que el cielo. Era más pequeña que las manos que sostienen el cielo.
Lo que está más cerca de nosotros siempre se ve más grande. Por eso importa tanto a quién nos acercamos. Cuando me paro junto a mi problema, el problema es lo único que veo. Cuando me paro junto a mi Dios, lo veo a Él, y todo lo demás recobra su medida.
Hoy, si algo se ha sentado encima de ti y te tapa el cielo, no te quedes debajo. Da un paso atrás. Levanta los ojos. Ponte al lado del que nunca duerme, y mira tu montaña desde su altura.
Oración
Señor, tú hiciste el cielo y la tierra, y aun así te inclinas hacia mí en la madrugada. Reconozco que muchas veces me paro tan cerca de mis preocupaciones que ya no puedo ver nada más. Se vuelven mi cielo entero, y me olvido de que tú eres más grande. Perdóname por medir mis problemas sin medirte a ti primero. Enséñame a dar ese paso atrás, a levantar los ojos hacia los montes, a recordar que mi ayuda viene de ti. No te pido que niegue lo que me duele, porque el peso es verdadero y tú lo sabes. Te pido perspectiva: que desde tu lado vea las cosas en su tamaño real. Que mi angustia vuelva a ser más pequeña que tus manos. Cuida mi entrada y mi salida, guarda mi alma que se cansa, y sostén mi mirada cuando quiera bajarla otra vez al suelo. Contigo al lado, ninguna montaña es más alta que el cielo que tú formaste. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué preocupación se ha sentado tan cerca de ti que hoy tapa todo tu cielo?
- ¿Cómo cambiaría esa preocupación si la miraras desde el lado de Dios y no desde debajo de ella?
- ¿Qué significa para ti que tu ayuda viene del que hizo el cielo y la tierra?
- ¿A qué o a quién te acercas más cuando te despiertas angustiado de noche?
- Escribe una cosa real y pesada, y luego escríbela poniéndola en las manos de Dios.



