Mi esperanza está firme en Jesús
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. — Mateo 7:24 — RVR1960

El otro día ordené los cajones de mi escritorio y me topé con papeles que había guardado como si fueran tesoros. Un diploma que un día pensé que me daría seguridad. Un contrato de trabajo que me hizo sentir intocable. Fotos de una etapa en la que creí que ya tenía la vida resuelta. Y mientras los sostenía, me di cuenta de algo que me dejó pensando: cada una de esas cosas, en su momento, fue el suelo donde puse mis pies. Y cada una, tarde o temprano, se movió.
El diploma no me libró de las noches sin dormir. El trabajo terminó. Las relaciones que creí eternas cambiaron. No es que fueran malas; simplemente no estaban hechas para sostener el peso de mi alma. Eran arena. Bonita, cálida, pero arena al fin.
Me hice una pregunta honesta, sin condenarme: ¿sobre qué estoy construyendo realmente? Si mañana perdiera lo que hoy me da seguridad, ¿quedaría de pie o me vendría abajo?
Me imaginé como una niña pequeña parada en medio de un campo enorme. El viento moviéndolo todo, el cielo inmenso, y yo tan chiquita. Pero con un detalle que lo cambia todo: mis pies no estaban sobre el pasto suelto, sino sobre una roca firme que no se movía por más que soplara el viento. Esa roca es Jesús.
Él no me pide que suelte todo lo que amo. Me invita a poner el fundamento en el lugar correcto. Porque un fundamento firme no me quita el trabajo ni las metas ni los afectos; solo se asegura de que, cuando esas cosas tiemblen, yo no tiemble con ellas.
Hay una paz distinta en descubrir esto. Ya no vivo revisando si mi suelo aguantará la próxima tormenta. Cristo aguanta. Su palabra aguanta. Su amor no se agrieta.
Hoy dejé los papeles en su cajón, sin ansiedad. Siguen siendo parte de mi historia, pero ya no son mi cimiento. Mi esperanza descansa en Alguien que no cambia, que no se agota, que no se va. Y por eso, aunque todo lo demás se mueva, yo sigo de pie.
Oración
Señor Jesús, gracias porque tú eres la Roca que nunca se mueve. Perdóname por las veces que puse mi seguridad en cosas que no podían sostenerme: mis logros, mis planes, la aprobación de otros. Eran buenas, pero no eran suficientes para cargar el peso de mi alma. Hoy quiero mirar con honestidad sobre qué estoy construyendo, sin miedo y sin condenación, porque sé que tú no me señalas para acusarme, sino para sostenerme. Ayúdame a poner el fundamento de mi vida en ti y solo en ti. Que cuando lleguen las tormentas, y sé que llegarán, no me venga abajo, porque mis pies están sobre tierra firme. Enséñame a disfrutar lo que me das sin aferrarme a ello como si fuera mi salvación. Tú eres mi esperanza, mi paz y mi descanso. Quiero vivir tranquilo, sabiendo que aunque todo lo demás cambie, tú permaneces igual. En tu nombre confío. Amén.
Para reflexionar
- ¿Sobre qué cosas he construido mi seguridad hasta hoy? ¿Cuáles han demostrado ser arena?
- ¿Qué temo perder tanto que me cuesta imaginar mi vida sin ello?
- ¿En qué áreas siento que estoy de pie sobre roca firme, y en cuáles siento el suelo temblar?
- ¿Qué significaría, en lo práctico, poner mi fundamento en Jesús esta semana?
- ¿Cómo cambiaría mi paz si dejara de vivir revisando si mi suelo aguantará la próxima tormenta?



