Mis ovejas oyen mi voz
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. — Juan 10:27 — RVR1960

Una tarde acompañé a mi sobrina en pleno berrinche. Tendría tres años y algo pequeño había reventado su mundo entero: un juguete que no encajaba, quizás el cansancio del día. Me arrodillé a su lado y le hablé bajito. «Aquí estoy, mi amor. Te tengo». Pero ella no me oía. Estaba tan adentro de su propia tormenta que mi voz, a centímetros de su oído, se perdía entre sus sollozos. No pude hacer nada más que quedarme cerca y esperar.
Me fui pensando en ella, pero terminé pensando en mí. Porque yo hago lo mismo. No lloro tirado en el piso; con los años uno aprende a hacer el berrinche por dentro, más callado y más ocupado. La ansiedad se vuelve una lista de pendientes que repito de noche, un nudo en el pecho que no sé nombrar, un ruido interior que no baja de volumen. Y en medio de todo ese estruendo mío, se me olvida que hay una voz cerca.
Dios no me habla a gritos por encima de mi angustia. No me regaña por no oírlo. Está cerca, sereno, diciendo lo mismo que yo le decía a mi sobrina: «Aquí estoy. Te tengo». El problema nunca fue que Él se hubiera ido lejos. El problema era el ruido que yo mismo cargaba.
Jesús dijo: «Mis ovejas oyen mi voz». No dijo que las ovejas nunca se asustan ni se confunden. Dijo que conocen al Pastor. Y una oveja aprende a reconocer esa voz en la quietud, no en el griterío. A veces lo único que necesito no es una respuesta nueva, sino un momento de silencio para escuchar la voz que ya estaba hablándome.
Esta semana estoy practicando algo sencillo: cuando el ruido de adentro sube, me detengo. No para resolverlo todo, sino para respirar y decir su nombre. Y descubro que, apenas baja mi tormenta, ahí sigue Él. Cerca. Sin enojo. Diciéndome que soy suyo, que me conoce por nombre, y que puedo seguirlo un paso a la vez.
Oración
Señor, silencia mis preocupaciones para que pueda oír tu voz. Reconozco que muchas veces el ruido más fuerte no viene de afuera, sino de adentro de mí: mis miedos, mis listas, mis nudos sin nombre. Y ese ruido tapa lo que tú me estás diciendo con toda ternura. Gracias porque no me hablas a gritos ni me reprochas por tardar en escuchar. Tú te quedas cerca, sereno, repitiendo que me tienes en tus manos. Ayúdame a detenerme antes de intentar resolverlo todo. Enséñame a respirar, a quedarme quieto, a reconocer tu voz como una oveja reconoce a su Pastor. Cuando la ansiedad me arrastre hacia adentro, recuérdame que tú no te has ido a ningún lado, que sigues a mi lado diciendo mi nombre. Quiero seguirte un paso a la vez, sin adelantarme, sin cargar mañana lo de hoy. Calma mi tormenta, Buen Pastor, y déjame descansar en saber que soy tuyo. Amén.
Para reflexionar
- ¿Cuál es el ruido interior que más me impide escuchar a Dios hoy?
- ¿En qué situación estoy ‘haciendo un berrinche por dentro’, más callado pero igual de agitado?
- ¿Cómo suelo reconocer la voz del Pastor cuando por fin me detengo?
- ¿Qué pequeño momento de silencio puedo apartar esta semana para escuchar?
- Si Dios me dijera ‘te tengo’ ahora mismo, ¿qué preocupación podría soltar?



