Devocionales

Mis palabras dan vida

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Que mis palabras den vida y levanten a quien las escucha.

Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. — Efesios 4:29 — RVR1960

Que mis palabras den vida
y levanten a quien las escucha.

Una mañana, mientras esperaba mi café, escuché sin querer a dos mujeres en la mesa de al lado. Una hablaba de todo lo que había salido mal en su semana: el jefe injusto, la vecina ruidosa, el hijo que no llamaba. La otra solo asentía. Y yo, sin darme cuenta, empecé a hacer lo mismo en mi cabeza: repasar mis propias quejas, mis reclamos, la lista de personas que me habían fallado.

De pronto entró una niña con su mamá. Traía en la mano un dibujo arrugado y se lo mostró al señor que barría la entrada. «Mire, le hice a usted», dijo. El hombre se detuvo, dejó la escoba y miró aquel garabato de colores como si fuera un tesoro. Se le iluminó la cara. «¿Para mí?», preguntó. La niña asintió con toda la seriedad del mundo. Y aquel hombre cansado, que quizá llevaba horas trabajando sin que nadie lo mirara, sonrió como un niño.

Me quedé pensando en la facilidad con que un gesto pequeño levanta a alguien. La niña no dijo nada brillante. Solo decidió notar a esa persona y regalarle algo bueno. Sin proponérselo, me predicó un sermón entero.

Hay días en que mi postura por defecto es la crítica. Encuentro rápido lo que está mal, señalo el error, comento lo que me molesta. Y sin querer voy vaciando las conversaciones, apagando a la gente en vez de encenderla. Pablo lo dice con una claridad que me incomoda: que ninguna palabra corrompida salga de mi boca, sino la que edifica.

Edificar es construir hacia arriba. Es poner un ladrillo sobre otro hasta que alguien pueda pararse más alto de lo que estaba. Ese día decidí probar. Le agradecí al muchacho que me sirvió el café. Le escribí a una amiga solo para decirle que la admiraba. Nada heroico. Pero sentí que el aire cambiaba, que mi propio corazón se aligeraba.

Dios pone en mi boca un poder que muchas veces desperdicio. Cada mañana tengo la misma opción de aquella niña: buscar lo bueno en alguien y decirlo en voz alta. No es un talento especial. Es una decisión gozosa, repetida, de usar mis palabras para levantar y no para hundir.

Oración

Señor, tú conoces las palabras que salen de mi boca antes de que yo las diga. Perdóname las veces que uso mi voz para criticar, para quejarme, para señalar lo que está mal en los demás sin ver lo que está bien. Reconozco que muchas veces mi costumbre es hundir en lugar de levantar. Hoy quiero cambiar. Dame ojos para notar lo bueno en las personas que me rodean, y valentía para decirlo en voz alta. Que ninguna palabra corrompida salga de mí, sino solo la que edifica y da gracia a quien la escucha. Enséñame a hablar vida como aquella niña que regaló un dibujo sin esperar nada. Quiero que mi lengua sea instrumento de tu amor, de tu esperanza y de tu gozo. Que cuando alguien se cruce conmigo hoy, se vaya un poco más animado de lo que llegó. Llena mi corazón de tu bondad para que de esa abundancia broten palabras que sanen. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Cuál es mi postura por defecto en las conversaciones: notar lo bueno o señalar lo malo?
  • ¿A quién puedo animar hoy con una palabra sincera y concreta?
  • ¿Recuerdo alguna frase que alguien me dijo y que me levantó cuando estaba caído?
  • ¿Qué hábito de crítica o queja quiero entregarle a Dios esta semana?
  • ¿Cómo sería mi hogar si mis palabras edificaran en lugar de derribar?
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