Devocionales

Nuevas son cada mañana tus misericordias

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Nuevas son cada mañana tus misericordias, Señor. Grande es tu fidelidad.

Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. — Lamentaciones 3:22-23 — RVR1960

Nuevas son cada mañana tus misericordias, Señor. Grande es tu fidelidad.

Mi abuela horneaba pan cada madrugada. No guardaba el del día anterior para venderlo endurecido; lo regalaba a quien pasara, y ponía a amasar de nuevo. «El pan de ayer ya cumplió su trabajo», me decía, con las manos blancas de harina. «Hoy hay masa fresca».

De niño no entendía por qué se levantaba tan temprano si el horno todavía estaba tibio del día anterior. Ahora lo entiendo mejor de lo que quisiera. Hay mañanas en que abro los ojos y siento que arrastro el pan viejo: la impaciencia de ayer, la palabra que dije de más, la oración que no hice. Me levanto convencido de que a Dios ya se le agotó la paciencia conmigo, que hoy me toca comer de lo endurecido.

Y entonces recuerdo la cocina de mi abuela. Recuerdo que ella no medía su cariño según lo bien que yo me hubiera portado el día anterior. El olor a pan tibio llenaba la casa igual el lunes que el sábado, igual cuando yo había obedecido que cuando había hecho travesuras. Era gracia con forma de desayuno.

Así es Dios cada amanecer. No recalienta la misericordia de ayer ni me sirve las sobras de su compasión. Cada mañana amasa de nuevo. Sus misericordias no vienen racionadas ni disminuidas por lo mucho que las necesité anoche. «Nuevas son cada mañana», dice el profeta, y lo dice desde el llanto, desde las ruinas, como quien descubre pan fresco en medio del hambre.

Esto cambia la forma en que me despierto. Ya no le pregunto a Dios si todavía le queda paciencia; le pregunto qué me tiene preparado hoy. Su fidelidad no depende de mi buena racha. Depende de quién es Él.

Hoy, antes de cargar con el pan viejo, respiro y recibo el fresco. La gracia ya está en la mesa, tibia, suficiente, esperándome. No la gané. Nunca podría. Solo me toca sentarme y comer, agradecido de que el amor de Dios amanezca conmigo, sin falta, sin medida, cada día.

Oración

Padre, gracias porque tu amor no se agota conmigo. Perdóname por despertar creyendo que ya cansé tu paciencia, como si tu misericordia fuera pan viejo que se endurece con mis errores. Hoy quiero recibir la gracia fresca que preparas cada mañana. Enséñame a soltar el peso de ayer: las palabras que no debí decir, las cosas que dejé sin hacer, la culpa que arrastro sin necesidad. Tú no racionas tu compasión ni la mides según mi desempeño. Grande es tu fidelidad, Señor, y no depende de mi buena racha, sino de quién eres Tú. Ayúdame a despertar con esperanza y no con temor, a preguntarte qué tienes para mí hoy en vez de dudar de tu paciencia. Que mi confianza descanse en tu carácter y no en mis fuerzas. Lléname del gozo de saberme amado sin haberlo ganado. Y que este mismo amor que recibo se derrame en cómo trato a quienes me rodean, ofreciéndoles la frescura que Tú me das. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué peso del día de ayer estoy arrastrando esta mañana sin necesidad?
  • ¿En qué áreas creo que Dios ya perdió la paciencia conmigo? ¿Qué dice el versículo de hoy sobre eso?
  • ¿Cómo cambiaría mi forma de despertar si esperara gracia fresca en vez de temer el juicio?
  • ¿A quién puedo ofrecerle hoy la misma misericordia nueva que Dios me da a mí?
  • Escribe una lista de tres muestras concretas de la fidelidad de Dios en tu vida reciente.
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