Ocho veinticinco en el túnel: suelta el control antes del siguiente paso
“Laura viaja en metro con una junta urgente y una visita al hospital apretadas en la mañana. La historia explora qué queda de la fe cuando el control se apaga.”
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Laura subió al metro a las ocho y diez con el reporte trimestral cargado en el celular y un nudo en el estómago. La junta era a las nueve. Después de presentar las cifras, correría al hospital, donde su padre esperaba la cirugía de esa misma mañana. Tenía todo calculado al minuto, como buena contadora. En medio del vagón lleno, entre mochilas y camisas planchadas, una mujer se movió y Laura, con la prisa, casi la empujó para alcanzar la barra. La apretó con las dos manos, fría bajo sus dedos, y respiró.
Entonces el tren se detuvo. No en una estación, sino en mitad del túnel. Las luces parpadearon. La voz del altavoz dijo algo sobre una falla en la vía y un retraso indefinido. Laura miró su celular: ocho y veinticinco, y la batería en uno por ciento. No tenía cómo avisar en la oficina. No tenía cómo llamar al hospital. Por dentro empezó a reclamar. Justo hoy. Justo cuando más necesitaba que todo saliera bien. Por un momento sintió que Dios la había dejado sola en ese túnel oscuro, y decidió que era mejor no esperar nada de nadie, apretar los dientes y aguantar.
Pero el celular se apagó, y con él se apagó también su control sobre la mañana. Laura cerró los ojos, todavía aferrada a la barra, y por fin dejó de exigir. Hizo una oración corta y honesta: Dios, tengo miedo, no sé qué hacer, sostenme. No pidió que el tren arrancara. Solo pidió no soltarse.
Al abrir los ojos, la mujer a la que casi había empujado la miraba con calma. Había notado el celular apagado y el temblor en sus manos.
—¿Necesitas hacer una llamada? Tengo un cargador portátil aquí, en la mochila —dijo, y ya estaba sacando el cable—. Mientras carga, respira conmigo. Despacio. El tren va a moverse. Siempre se mueve.
Laura conectó el celular. Mientras la pantalla volvía a la vida, respiró al ritmo de aquella desconocida, una vez y otra, hasta que el nudo del estómago se aflojó. Cuando volvió la señal, llamó a su jefe, que entendió y movió la junta. Llamó al hospital: la cirugía se había retrasado también, y aún llegaría a tiempo. El tren arrancó pocos minutos después.
Cuántas veces nosotros, como Laura, confundimos el silencio y la espera con el abandono de Dios. Creemos que tener fe es no sentir miedo o controlar cada minuto del día, y cuando algo se sale del cálculo, decidimos endurecernos y no esperar nada. Pero creer no es negar el temor ni manejar el resultado; creer es sostenerse de la mano de Dios en medio del túnel, hacer la oración honesta que reconoce que no podemos solos, y aceptar la ayuda que Él pone a nuestro lado, muchas veces en forma de un desconocido con un cargador en la mochila. La fe no siempre abre la puerta de inmediato, pero nos enseña a no soltarnos mientras damos el siguiente paso posible.
Versículo
No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. – Isaías 41:10
Reto para hoy
Esta semana, cuando un retraso, un mensaje sin respuesta o un plan cambiado te saque de control, no empieces por apretar los dientes. ¿A quién podrías avisarle antes de encerrarte en tu ansiedad? Hoy elige a una persona concreta y mándale un mensaje sencillo: "Si esta semana me trabo, ¿puedo pedirte que ores por mí o me ayudes a pensar?".
Oración
Dios, cuando mis planes se detienen, reconozco que me cuesta confiar y pedir ayuda. Perdóname por endurecerme cuando aparece el retraso que me desespera o la llamada que no llega. Dame humildad para reconocer que hay personas en mi vida que pueden acompañarme, y valor para contactar a alguien esta semana. Enséñame a no soltarme de tu mano mientras doy el siguiente paso posible. Amén



