Por fe andamos, no por vista
(porque por fe andamos, no por vista). — 2 Corintios 5:7 — RVR1960

El pasillo del hospital olía a desinfectante y a café frío. Yo estaba sentada frente a una puerta cerrada, esperando que un médico saliera y me dijera algo, lo que fuera, sobre mi mamá. Y mientras esperaba, mis ojos leían todo: los rostros cansados de las enfermeras, un reloj que no avanzaba, la cara seria de otro familiar al otro lado. Todo lo que veía me contaba una historia de miedo. Cada detalle parecía confirmar lo peor.
En esa silla aprendí algo que no había entendido en años de leer la Biblia: mis ojos y mi fe estaban contando dos historias distintas. Los ojos me mostraban paredes blancas y una espera sin final. La fe me recordaba otra cosa, algo que no cabía en ese pasillo: que Dios seguía sentado en su trono, que no había soltado a mi mamá ni por un segundo, que lo que yo no podía ver era más grande que lo que sí veía.
Y tuve que elegir. Porque la fe no es no tener miedo. La fe es decidir a quién le creo cuando todo lo visible grita lo contrario. Cerré los ojos un momento, ahí en esa silla incómoda, y respiré. No me llegó una visión ni una respuesta escrita en el techo. Me llegó una calma pequeña, del tamaño de un grano de mostaza, suficiente para dar el siguiente paso.
Pienso en un niño con los ojos vendados que camina hacia la voz de su papá. No ve el suelo, no ve cuántos pasos faltan, no ve si hay un obstáculo. Pero conoce la voz, y por eso avanza firme. Así me sentí yo: sin ver el final, pero conociendo al que me llamaba.
Mi mamá salió bien de aquella cirugía. Pero he aprendido que la fe no depende de que el desenlace sea el que yo quería. Depende de quién es Dios. Hay días en que lo visible es abrumador: cuentas que no cierran, diagnósticos, noticias que asustan. En esos días vuelvo a esa silla del hospital y me repito la verdad: no camino por lo que veo. Camino por fe, un paso a la vez, hacia una voz que conozco y que nunca me ha soltado.
Oración
Padre, mis ojos ven tantas cosas que me asustan, y a veces dejo que ellas escriban toda la historia. Hoy quiero elegir creerte a ti por encima de lo que veo. Sé que tú sigues en tu trono, que nada de lo que me preocupa te toma por sorpresa, y que tu cuidado es más grande que mis circunstancias. Cuando lo visible grita miedo, ayúdame a escuchar tu voz que me llama a avanzar. Dame esa fe pequeña, del tamaño de un grano de mostaza, suficiente para dar el siguiente paso sin ver el final del camino. No te pido que me muestres todo lo que viene; te pido confiar en quién eres tú. Gracias porque aun con los ojos cerrados puedo caminar seguro, porque conozco tu voz y sé que nunca me sueltas la mano. Enséñame a andar por fe, un paso a la vez, apoyada en tus promesas y no en mis temores. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué historia me están contando hoy mis ojos, y qué historia distinta me cuenta la fe?
- ¿En qué área específica estoy dejando que lo visible dicte mi paz?
- ¿Recuerdo un momento en que Dios sostuvo algo que yo no podía ver?
- ¿Qué paso pequeño de fe puedo dar hoy, aunque no vea el final?
- ¿Cómo describiría la voz de Dios que me llama a avanzar?



