Prestar no te deja con menos: tu cuerda vuelve cuando tú tengas sed
La cuerda intacta
“Un viajero cuidadoso avanzaba por un camino seco con una cuerda nueva guardada en su mochila. Su deseo de conservarla pronto se enfrentaría a una necesidad sencilla junto a un pozo.”
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Un viajero cuidadoso caminaba por un camino polvoriento bajo el sol del mediodía. Llevaba su mochila bien cerrada y, entre sus cosas, guardaba con orgullo una cuerda nueva, fuerte y enrollada con esmero. La había comprado pensando en los pozos profundos que encontraría más adelante, y se repetía que un buen viajero siempre debía estar preparado.
Al borde del camino, bajo la sombra escasa de un árbol, había un pozo de brocal de piedra. Junto a él estaba una viuda con su cántaro vacío. Cuando vio acercarse al viajero, levantó la mirada y le habló con voz cansada.
—Buen hombre, mi cuerda se rompió hace días y no he podido sacar agua. Veo que usted lleva una cuerda nueva. ¿Me la prestaría un momento para llenar mi cántaro?
El viajero se detuvo. Miró a la mujer, miró el pozo y luego tocó la cuerda dentro de su mochila. Era nueva. Si la usaba allí, pensó, se ensuciaría con la piedra, se mojaría, tal vez se gastaría antes de tiempo. Y si más adelante él encontraba un pozo más hondo, quizá la necesitaría intacta.
—Lo siento, buena mujer —respondió, apretando la mochila contra su pecho—. La necesito para mi propio viaje. No puedo gastarla antes de tiempo.
La viuda bajó la cabeza sin discutir. El viajero siguió su camino, convencido de que había tomado una decisión prudente. Mientras se alejaba, se dijo que no era egoísmo, sino cuidado. Después de todo, cada uno debía prepararse para sus propias dificultades.
Pasaron las horas. El sol cayó con más fuerza y el camino se hizo más pesado. El viajero bebió de su cantimplora una y otra vez para soportar el calor. Pero el recipiente era viejo, y al apoyarlo contra una roca, se abrió una grieta. El agua se derramó en la tierra seca y desapareció en un instante.
El viajero quedó con la boca seca y el camino entero por delante. Buscó alrededor, pero no había sombra ni arroyo. Entonces recordó el pozo. No le quedó más remedio que volver sobre sus pasos, más lento, más cansado y con la lengua pegada al paladar.
Cuando llegó, encontró a la misma viuda. Su cántaro estaba lleno, y junto al brocal había una cuerda húmeda que no era la suya.
—Otro viajero pasó después de usted —dijo ella con suavidad—. Me prestó su cuerda sin dudarlo, y con ella saqué agua para los dos. Tome, beba.
El viajero recibió el agua y bebió en silencio. El agua fresca le devolvió la vida. Entonces abrió su mochila y miró su cuerda nueva, todavía limpia, todavía enrollada con esmero, sin una sola marca. Estaba intacta, pero no había servido para calmar la sed de nadie, ni siquiera la suya.
Moraleja: cuántas veces, como aquel viajero, guardamos lo que tenemos por miedo a que se gaste, sin ver que Dios pone recursos sencillos en nuestras manos para aliviar una necesidad cercana. Una cuerda guardada por temor puede permanecer limpia, pero también puede permanecer inútil. Lo que prestamos por amor se convierte en agua para otros, y muchas veces también vuelve como ayuda cuando nosotros mismos tenemos sed. No dejemos que la prudencia se disfrace de egoísmo. Cuando alguien a tu lado necesite algo que hoy sí puedes dar, recuerda que compartir no siempre te deja con menos; muchas veces abre el camino para que todos reciban más.
Versículo
No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo. – Proverbios 3:27
Reto para hoy
Esta semana, cuando alguien te pida tiempo, escucha, un poco de dinero o ayuda práctica, detente antes de responder en automático. ¿A quién podrías aliviar hoy con algo que ya tienes a la mano? Escríbele antes de dormir y ofrece una ayuda concreta, aunque sea pequeña.
Oración
Dios, muéstrame cuándo mi prudencia se convierte en una excusa para no ayudar. Perdóname por las veces que cierro la mano ante una necesidad cercana. Dame claridad para reconocer hoy a esa persona que necesita algo sencillo de mí. Ayúdame a compartir sin calcularlo todo, confiando en que tu provisión no se agota. Amén.



