Devocionales

Pronto para oír dice el Señor

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Pronto para oír, tardo para hablar: así me enseña el Señor a amar.

Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse. — Santiago 1:19 — RVR1960

Pronto para oír, tardo para hablar:
así me enseña el Señor a amar.

El otro día mi hija de nueve años llegó a la cocina con la mochila arrastrando y me soltó de golpe: «Mamá, perdí el suéter del colegio otra vez». Sentí la respuesta subir por la garganta antes de que ella terminara la frase. Ya tenía lista la lista: es el tercero, no cuidas tus cosas, cuesta dinero. Abrí la boca para dispararla toda.

Pero algo me detuvo, no sé bien qué. Quizá su carita, que ya venía preparada para el regaño, con los hombros encogidos. Cerré la boca un segundo. Solo un segundo. Y en ese silencio pequeño alcancé a oír lo que ella todavía no me había dicho: que se lo había prestado a una amiga que tenía frío y que la amiga no había venido hoy. No era descuido. Era generosidad.

Me asusté de mí misma. De lo rápido que hablo y lo lento que escucho. Cuántas veces habré contestado a la mitad de una historia, castigando lo que ni siquiera pasó. Santiago lo pone en un orden que yo suelo invertir: primero oír, después hablar, y muy al final, si acaso, enojarse. Yo empiezo por el final.

Esa tarde entendí que la paciencia no es que yo apriete los dientes y me aguante. La paciencia empieza mucho antes, en decidir escuchar de verdad, en darle a la otra persona el tiempo de terminar. Y eso yo sola no lo logro. Lo he intentado con fuerza de voluntad y me dura hasta la próxima provocación.

Lo que sí me sostiene es acordarme de cómo me escucha Dios a mí. Él no me interrumpe. No saca conclusiones antes de que yo termine de balbucear mi oración desordenada. Me deja hablar, me deja llorar, me da tiempo. Y de ese trato paciente conmigo aprendo a tratar así a los demás.

Abracé a mi hija y le pedí perdón por la cara que había puesto. Ella se rió, aliviada. Y yo guardé ese segundo de silencio como un tesoro, porque en él cupo Dios enseñándome a oír antes de opinar.

Oración

Señor, tú que me escuchas hasta el final sin apurarte, enséñame a hacer lo mismo. Reconozco que soy rápida para hablar y lenta para entender; que muchas veces contesto antes de saber toda la historia. Perdóname por las palabras que solté sin haber escuchado primero, por los enojos que nacieron de mi prisa. Yo no puedo cambiar esto sola, ya lo he intentado y fracaso al primer empujón. Necesito que tú produzcas en mí la paciencia que no tengo. Dame ese segundo de silencio antes de responder, ese espacio donde cabes tú. Que aprenda de la manera en que me tratas: sin interrumpir mis oraciones torpes, sin cansarte de mi lentitud, dándome siempre tiempo. Hazme pronta para oír a mis hijos, a mi esposo, a quien tenga enfrente. Que mi boca se abra despacio y mi corazón se abra rápido. Y cuando sienta que el enojo sube, recuérdame cuánto has soportado tú de mí con ternura. Gracias porque tu gracia es más fuerte que mi impulso. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué situación suelo hablar o reaccionar antes de haber escuchado del todo?
  • ¿Qué pasaría si me diera un segundo de silencio antes de responder a alguien que me molesta?
  • ¿Cómo me ha escuchado Dios a mí con paciencia, incluso cuando no lo merecía?
  • ¿A quién necesito pedirle perdón por haber sacado conclusiones antes de tiempo?
  • ¿Qué diferencia hay entre aguantarme el enojo con fuerza y dejar que Dios produzca paciencia en mí?

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