Sed benignos unos con otros
Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. — Efesios 4:32 — RVR1960

El otro día vi a mi hija menor partir su galleta por la mitad. No lo hizo porque yo se lo pidiera, ni porque hubiera una cámara mirando. Lo hizo porque su hermano se había quedado sin merienda, y ella, con la boca todavía llena, le extendió su pedazo más grande. Me quedé quieto en la puerta de la cocina, sin querer interrumpir algo tan pequeño y tan sagrado.
Me puse a pensar en las bondades que uno guarda para siempre. Casi nunca son los gestos grandes o costosos los que recordamos. Es la vecina que llegó con sopa el día que nadie más se acordó de nosotros. Es el desconocido que pagó lo que nos faltaba en la fila. Es la persona que se detuvo cuando todos los demás tenían prisa. Esas bondades cuestan algo: un poco de tiempo, un poco de comodidad, un poco de uno mismo.
Y caí en la cuenta de que muchas veces yo pospongo la bondad para «algún día», para cuando tenga más recursos, más calma, más ganas. Pero la bondad que Dios pide no vive en el futuro. Vive en el hoy, con la persona que tengo enfrente ahora mismo.
Jesús nunca estuvo demasiado ocupado ni demasiado importante para detenerse por uno. Iba de camino a algo urgente y se detenía por el ciego que gritaba. Estaba cansado y aun así recibía a los niños. Su bondad siempre costó algo, y siempre alcanzó a quien estaba delante de Él.
Mi hija no esperó a tener dos galletas. Partió la única que tenía. Y eso me predicó más que muchos sermones. No necesito volverme una persona extraordinaria para ser bondadoso; necesito abrir las manos con lo que ya tengo, hoy, con quien Dios ponga en mi camino.
Quizá haya alguien cuya próxima memoria de bondad dependa de que yo no pase de largo. Quizá el gesto que a mí me parece diminuto sea el que otro guarde para siempre. Que Dios me haga ese tipo de persona: no la que promete grandes cosas para mañana, sino la que parte su galleta hoy.
Oración
Padre bueno, tú me perdonaste en Cristo cuando yo no tenía nada que ofrecerte, y me recibiste con las manos abiertas. Gracias por esa bondad que me costó tanto a mí nada y a ti todo. Hoy no te pido grandes oportunidades ni momentos memorables; te pido ojos para ver a la persona que ya está delante de mí. Ayúdame a no estar demasiado ocupado, demasiado cansado ni demasiado ensimismado para detenerme. Enséñame a partir lo que tengo, aunque sea poco, y a darlo sin calcular si me conviene. Que mi bondad cueste algo, como costó la tuya, y que llegue a quien más la necesita. Hazme benigno, misericordioso, pronto para perdonar. Y si en tu gracia me usas para ser la respuesta a la próxima bondad que alguien recuerde toda su vida, que yo no me pierda ese momento por tenerlo todo para más tarde. Dame un corazón que ame hoy, con lo de hoy, a quien pongas hoy en mi camino. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Cuál es la bondad que alguien tuvo contigo y que todavía recuerdas? ¿Qué le costó a esa persona?
- ¿Qué acto de bondad has estado posponiendo para «algún día»?
- ¿Quién está hoy delante de ti, esperando quizás un gesto pequeño?
- ¿Qué «galleta» tienes ahora mismo que podrías partir y compartir?
- ¿En qué área te cuesta detenerte por otro por sentirte demasiado ocupado o cansado?



