Si aún giras la pulsera con un poco de fe, no pidas esperar solo
La pulsera de papel
“Don Ernesto espera solo en oncología, con una pulsera de papel girando entre los dedos. En aquella sala silenciosa, su cansancio pone a prueba la fe que cree haber perdido.”
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Don Ernesto llevaba dos horas sentado en una silla de plástico de la sala de espera de oncología. El aire olía a gel desinfectante y, cada cierto tiempo, una bata blanca cruzaba el pasillo sin detenerse en su rincón. En la muñeca tenía una pulsera de papel con su nombre escrito a mano. La giraba una y otra vez, como quien le da cuerda a un reloj que ya no avanza.
Era viudo. Hacía tres años que su esposa había muerto, y desde entonces la casa le quedaba grande y los días se le hacían largos. Esa mañana había ido solo a esperar el resultado de un estudio. Mientras los minutos pasaban, una idea se le fue acomodando en el pecho: si el médico tardaba tanto en llamarlo, era porque a nadie le importaba. Ni al médico, ni al hospital, ni a Dios.
Una enfermera joven se acercó con una planilla y se sentó un momento a su lado para confirmar sus datos.
—¿Cómo se siente, Don Ernesto? —preguntó.
—Esperando a que se acuerden de que existo —respondió él, sin mirarla—. Le voy a decir la verdad: yo antes oraba. Ya no. ¿Para qué, si uno se queda aquí sentado y nadie contesta? Si Dios fuera a llamarme, ya lo habría hecho.
La enfermera no discutió. Miró sus manos. Los dedos del anciano seguían girando la pulsera de papel, arrugada de tanto tocarla.
—Don Ernesto —dijo despacio—, si usted está tan seguro de que nadie lo va a llamar, ¿por qué todavía conserva esa pulsera con su nombre?
El viejo se quedó quieto. Bajó la vista y miró la tira de papel como si la viera por primera vez. La había girado toda la mañana, sí, pero ni una sola vez había pensado en quitársela. La llevaba puesta porque, en algún lugar callado de su corazón, seguía esperando que una voz dijera su nombre por el pasillo.
No estaba tan rendido como decía. Estaba cansado, estaba asustado, estaba dolido por la espera. Pero aún permanecía allí, con su nombre a la vista, listo para responder si alguien lo llamaba.
Poco después, una puerta se abrió al fondo del pasillo.
—Don Ernesto —dijo una voz—, puede pasar.
Él se levantó despacio. Antes de caminar, tocó la pulsera una vez más. Esta vez no la giró con desesperación, sino con una pequeña gratitud, como quien reconoce que todavía había una esperanza escondida en su propia mano.
Moraleja: Cuántas veces, en medio de una crisis, confundimos el silencio con el abandono. El resultado no llega, la llamada tarda, la oración parece no recibir respuesta, y entonces decimos que Dios se olvidó de nosotros. Pero si todavía permanecemos en el pasillo, si todavía buscamos ayuda, si todavía guardamos un poco de esperanza aunque sea arrugada y débil, es señal de que la fe no ha muerto. Recordemos que Dios no siempre responde en el momento que queremos, pero no borra nuestro nombre de sus manos; mientras esperamos, sigamos disponibles para escuchar su voz y dejémonos acompañar por quienes pueden sostenernos en la espera.
Versículo
He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros. – Isaías 49:16
Reto para hoy
Cuando esta semana una respuesta tarde y empieces a pensar que Dios se olvidó de ti, no te encierres en silencio. ¿A quién podrías pedirle que espere contigo en vez de cargarlo solo? Hoy envíale un mensaje concreto: "¿Puedes orar por mí y preguntarme cómo voy el viernes?".
Oración
Dios, me cuesta esperar cuando el silencio se alarga. Perdóname por confundir la demora con abandono y por encerrarme cuando tengo miedo. Dame humildad para escribirle hoy a esa persona que puede acompañarme y pedirle que ore por mí esta semana. Sostén mi fe pequeña mientras llega la respuesta. Amén.



