Si me falta sabiduría, Dios me la da
Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. — Santiago 1:5 — RVR1960

Frente a una decisión difícil, mi primer instinto suele ser tomar el teléfono. Llamo a mi hermana, le escribo a una amiga, busco en internet, pregunto en un grupo. Reúno opiniones como quien junta piedras para cruzar un río, con la esperanza de no mojarme los pies. Y no está mal pedir consejo. Pero muchas veces, cuando ya he preguntado a todo el mundo, recién entonces me acuerdo de que aún no le he preguntado a Dios.
Hace poco enfrenté una situación que no sabía cómo resolver. Alguien de mi familia estaba enfermo, y yo tenía que decidir cosas que me sobrepasaban. Sentí ese vértigo de estar parada al borde de un camino que no conocía, con la neblina cubriendo lo que venía más adelante. Quería certezas. Quería que alguien me dijera exactamente qué hacer.
Esa mañana abrí la Biblia y leí: «Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche». Me detuve en esa palabra: sin reproche. Dios no me mira con cansancio cuando llego tarde a pedirle. No me dice: «¿Y por qué no viniste primero a mí?». Simplemente da.
Pensé en Salomón, que siendo joven y sintiéndose incapaz, no pidió riquezas ni victoria, sino un corazón entendido para gobernar. Y Dios se agradó tanto de esa petición que le dio eso y mucho más. Pedir sabiduría le agrada a Dios porque es reconocer que no me basto sola.
Ese día no recibí un mapa detallado. Pero recibí paz para dar el paso siguiente, y luego el otro. La sabiduría de Dios no siempre me muestra todo el camino de una vez; a veces solo ilumina el próximo tramo. Y con eso alcanza.
He aprendido que no tengo que resolver la vida antes de orar. Puedo llegar pequeña, sin respuestas, con la pregunta todavía sin forma en la boca. Dios no espera que yo entienda primero. Espera que confíe primero. Y cuando confío, descubro que Él ya iba adelante, despejando la neblina justo hasta donde mis pies necesitaban pisar.
Oración
Padre, gracias porque no me pides que llegue sabiendo, sino que llegue confiando. Perdóname las veces que te dejo para el final, cuando ya agoté mis fuerzas y mis contactos. Tú eres el primero a quien debería buscar, y sin embargo te busco último. Hoy quiero cambiar ese orden. Vengo a ti con esta situación que me sobrepasa. No entiendo el camino, no veo lo que hay más allá de la neblina, y me siento pequeña frente a lo que viene. Tú prometiste dar sabiduría a todo el que la pide, con generosidad y sin reproche. Confío en esa promesa. No me des solo información: dame tu paz para dar el paso siguiente. Ilumina el próximo tramo, aunque no me muestres todo de una vez. Enséñame a depender de ti como un hijo depende de su padre, sin ansiedad, sin correr a resolverlo todo por mi cuenta. Gracias porque ya vas adelante de mí. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿A quién sueles acudir primero cuando enfrentas una decisión difícil? ¿Qué lugar ocupa Dios en esa lista?
- ¿Hay alguna situación hoy en la que te sientes pequeño frente a lo desconocido? Descríbela ante Dios.
- ¿Qué te impide pedir sabiduría a Dios antes que a nadie más?
- Recuerda una vez en que Dios te dio paz para dar solo el paso siguiente. ¿Cómo te sostuvo?
- ¿Qué significaría para ti confiar primero, en lugar de entender primero?



